domingo, 28 de febrero de 2010

Alberto Nin Frías: aspectos de su personalidad


Para ir cerrando nuestro homenaje a Alberto Nin Frías, agregaremos algunos aspectos de su personalidad tal como aparecen en las cartas que le enviara la gran poetisa uruguaya María Eugenia Vaz Ferreira (1875-1924), con quien mantuvo una perdurable amistad.

Amistad que llegó al punto de que la poetisa confiara en manos de Nin Frías, en 1903, el manuscrito de su libro “Fuego y Mármol”.
También nuestro autor publicó dos ensayos sobre la poesía de María Eugenia, que aparecieron en la revista “Vida Moderna”, en mayo y julio de ese mismo año.
Lamentablemente no se conservan las cartas escritas por Nin.
Esta correspondencia (mejor dicho, la mitad de ella) fue recopilada por otro poeta uruguayo, Rubinstein Moreira, en el libro “Aproximación a María Eugenia Vaz Ferreira” (Editorial Montesexto, Montevideo, 1976).


En la tercera carta, nos enteramos de un noviazgo de Nin Frías, acerca del cual solicita el consejo de su amiga, quien le dice:
“También me ha interesado la lucha que enturbia su felicidad; he pensado en ella y dividido en tres series sus inconvenientes, a saber: 1: perturbación de la armonía novial; 2: tropiezos del rito casados; 3: inconvenientes en la educación de la posible prole futura. Ahora bien; para opinar sobre el segundo, tendría yo que saber mejor las restricciones y concesiones de la religión de Ud. más las de ella, que a pesar de ser la mía no la conozco bien.”
Y después agrega:
“En todo caso los dos pudieron salvarse no casándose y siendo eternamente novios; este es un ideal.”
Al parecer, Nin mantenía serias diferencias de índole religiosa con su novia.
¿Se trataría realmente de una persona del sexo femenino, o sería una relación “prohibida”, de la cual no podía hablar libremente, ni aun con sus amigos?
De todos modos, más adelante, la poetisa expresa algo que nos habla del indudable atractivo que tenía Nin Frías para el sexo opuesto: “...si me hubiera tocado la dicha sobrehumana de ser su novia...”


En la carta IV, comenta una poesía que le enviara su amigo, y aquí nos recuerda que Nin Frías fue influenciado por Heine. Habla también del destierro, como una premonición de lo que sería el destino de nuestro autor:
“Muy linda su Balada, rápida pero de fuerte sugestión, donde brilla la suave y tan honda fantasía heineana. Como símbolo, es bella y dolorosa, -al fin, todos somos desterrados de algo, todos hemos escuchado aullar en un rincón de nuestras viviendas, sean ellas cabaña o palacio, sombría cueva o torre de marfil, al intruso lebrel.”


En la carta V, lo vemos en su faceta de galán, obsequiando a la poetisa una de las cosas que ellas más aprecian:
“Gracias por su ramo de flores. No sabe cuánto me gusta eso de ofrecer flores, y qué lógico encuentro el que ellas procedan de Ud., espíritu caballeresco, delicado y gentil.”



En la carta VII, que después sería publicada por Nin Frías en dos de sus libros, la poetisa ofrece un sugestivo retrato de su amigo:
“Sois oriental y os educaron en Inglaterra; esto explica quizá el conjunto feliz de vuestras cualidades; ser idealista, espiritual, sensible como los latinos, siendo fuerte, pujante y sano como los sajones... qué ideal! Las cosas antagónicas pueden extinguirse o completarse; y en vos, temperamento propicio a la paz y a la armonía, el consorcio de las razas se multiplica en una floración de virtudes; así sois inquieto en la investigación, sereno en los problemas, curioso en la filosofía, contemplativo en la belleza; sentimental y estoico, romántico, risueño, indulgente y austero.”


En cuanto a las cosas que compartían cuando Nin Frías visitaba a María Eugenia, nos podemos hacer una idea con lo que enumera en la carta X, reprochándole su larga ausencia:
“Ud. pudo ir en mucho tiempo y no lo hizo, y eso que tenía preparados libros para comentar, Chopines y Griegs, ajedreces, barajas, retratos de amigas lindas para Ud. mirar, y flores por todas partes!”
La casa desde la cual escribe, y que ella compara con un palacio medioeval, estaba en “Lucas Obes 75, Quinta de Ribeiro frente al Prado.”


Hasta aquí, lo que queríamos rescatar de esta correspondencia.


En un documento de la diplomacia costarricense (disponible on line en formato PDF), nos enteramos de que Nin Frías llamaba a su tierra natal “la Provenza suave de Hispanoamérica, la más pintoresca y culta de sus comarcas”, lo cual nos lleva a pensar en lo mucho que debió sufrir cuando marchó al destierro.


También está disponible on line el facsímil de la página 2 del diario santafecino “El Orden” de abril 2 de 1937, con un artículo informando sobre la muerte de Nin Frías en Suardi, departamento de San Cristóbal.


El redactor del artículo lo describe como el “dueño de uno de los talentos más claros y puros que nos fuera dado conocer.”
“Nunca sabremos si el dolor castigó las noches de su intimidad, hasta qué punto y por qué.”
Y prosigue con su homenaje al autor fallecido, sin escatimar elogios:
“Alberto Nin Frías, acaso el valor crítico y literario mayor de nuestros países de habla española. La complejidad de su obra coloca su personalidad en la cima de los grandes escritores contemporáneos, y si por su nacimiento es honra de la literatura uruguaya, por su nacionalidad de naturalización es timbre de orgullo el nombre de Nin Frías para nuestro país.
Fiel a sí mismo se nos aparece Nin Frías en toda su obra tan extensa como profunda. Presencia erudita la suya en todos sus escritos: en su deambular por las cinco partes del mundo y en sus ansias de otros mundos celestes que se iluminaban para él en el privilegio de su pensamiento. A su viajar constante con todo su equipaje lírico se debe el mérito de la universalidad de su obra.
Orden de pensamiento y de método, nobleza de la forma esculpida en la palabra apta, precisa, dócil a la gracia o a la inquietud serena de la belleza, la obra de Nin Frías tiene toda ella un impulso de juventud elaborado sin interrupciones.”


Después menciona a Pedro Badanelli en su calidad de albacea, y añade un dato más: que pocos días antes de morir, imposibilitado ya de escribir, Nin Frías dictó a su testamentario una carta para su amigo el doctor Gregorio Marañón, la cual no quiso luego que le fuese enviada.






 ¡Ya tenemos un libro con la biografía de Alberto Nin Frías!






A la venta en Amazon:

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Foto de Nin Frías tomada del libro “Pedro Badanelli, la sotana española de Perón” por José Carlos García Rodríguez.

sábado, 20 de febrero de 2010

Música para Antinoo



Y no nos referimos a la música que, según el Diccionario de Suidas, compuso Mesómedes para los funerales del favorito de Adriano.
Esta es la sugestiva carátula de un disco de James Last publicado en el año 1966.
Una hermosa imagen de Antinoo, en melancólico segundo plano, detrás de una chica que tal vez a él no le hubiera gustado tanto.
O sí. ¡Es tan poco lo que sabemos del enigmático bitinio!



Si quieren disfrutar de un rato de buena música instrumental, pueden descargar el disco escribiendo en el buscador "Classics up to date" y "James Last". Está disponible en varios sitios.


A veces aparece la carátula de una edición más reciente, pero los temas son los mismos de la original.
Este disco fue el primero de una larga serie destinada a versiones ligeras de temas populares de la música clásica, siguiendo la senda de Waldo de los Ríos pero con un estilo más parecido al de Ray Conniff.
Y ya que hablamos de James Last, no pierdan la oportunidad de escuchar el precioso tema "Biscaya", con el dulce sonido de unos acordeones a la orilla del mar: 

jueves, 18 de febrero de 2010

Disparen contra el amor


Hace unos días, poco después del terrible sismo que asoló a Haití, hubo en ese país una gran concentración de personas pertenecientes a distintas iglesias evangélicas.

Una joven mujer que estaba en el lugar, manifestó ante la cámara de TV que, seguramente el sismo había sido un castigo de Dios por los horrendos pecados cometidos por los haitianos, y puso como ejemplo, como no podía ser de otra manera, a la homosexualidad.
Me hizo recordar a un rabino israelí, que hace pocos años declaró exactamente lo mismo, que los terremotos eran provocados por los homosexuales.

Y a mí, cada vez que escucho algo por el estilo, como que me da no sé qué pertenecer a una especie, o género o raza, como quieran llamarle a la humanidad, que a pesar de tantos y tantos siglos de aprendizaje, sigue sin aprender lo que significa la palabra “tolerancia”, sigue sin entender en todo su maravilloso significado el vocablo “amor”, y sigue alimentando la ignorancia, sobre todo en el plano religioso, con argumentos tan absurdos.
No estoy juzgando a nadie por sus creencias religiosas, porque en definitiva eso es cuestión de fe y nada más.
Cada uno cree en lo que quiere, pero también es verdad que el viejo argumento de que “creer en algo no le hace daño a nadie”, simplemente no es cierto.

Cuando la fe religiosa, sea en la religión que sea, me lleva a descalificar a los que creen en otra cosa, porque yo estoy en el grupo de los “elegidos” y ellos no, o cuando esa fe me lleva a condenar a alguien por el color de su piel o por su orientación sexual –recordemos que en Sudáfrica discriminaban a los negros apoyándose en ciertos pasajes de la Biblia-, o cuando esa fe simplemente me frena en mi desarrollo como individuo, porque no hago todos los esfuerzos necesarios para superarme pues me descanso en las oraciones y en que me vendrá la ayuda desde lo alto o en que ocurrirá un milagro, en fin, cuando la fe provoca todo eso, se convierte en una especie de veneno que corre por las venas de la humanidad y corroe el progreso y el buen entendimiento entre los hombres.


Así que es muy difícil tener una religión y a la vez mantener un equilibrio que me lleve a respetar absolutamente a los demás. Hay gente que lo logra, pero son una minoría, y por lo tanto, la excepción que confirma la regla.
La religión ha sido, a lo largo de todas las épocas, origen de intolerancia y discriminación.
Y el problema no está sólo con los creyentes en tal o cual religión. Todo el mundo occidental, y también los países adonde llegaron los misioneros cristianos o musulmanes, está contaminado por el pensamiento judeo-cristiano en lo concerniente a las prácticas sexuales, entre otras cosas.

No de otro lado proviene el odio y el ensañamiento con que la mayoría de la gente habla de los homosexuales, tachándonos de enfermos, degenerados, invertidos, etc.
¿Por qué un homosexual promiscuo es un “enfermo” o un “degenerado”, y un heterosexual que hace lo mismo, no lo es?
¿Por qué en las noticias nunca escuchamos que un heterosexual abusaba de un/una menor, pero si se trata de un homosexual sí se pone énfasis en su orientación sexual?
No estoy justificando el abuso, que es en ambos casos condenable, lo que me indigna es que los noticieros alimenten el odio irracional de la población hacia quienes van por otros rumbos en busca del amor, o del placer, porque esto no es una elección como muchos piensan, sino algo que impone la naturaleza. Y la naturaleza es sabia, por algo será.

Al parecer, lo que molesta es que alguien pueda encontrar el amor por un camino distinto de aquel por el cual nos animamos a transitar, porque de eso se trata en la mayoría de los casos, de animarse a hacer algo en vez de dedicarse a criticarlo y atacarlo para canalizar nuestra frustración.
Lo que causa más asco en todo esto, es que, en el caso de los “machos” -que no pierden ocasión de agredir a los “putos”- eso encierra una gran, enorme, gigantesca hipocresía, porque la inmensa mayoría de ellos, si se les presenta la oportunidad de tener un intercambio sexual con un hombre, y si saben que aquello no se va a saber, que nadie se va a enterar, entonces practican la homosexualidad sin ningún problema ni remordimiento, y al otro día, tan machos y agresivos y discriminatorios como siempre, como si nada hubiera pasado.
Cualquier homosexual uruguayo tiene su colección de “historias” con “heterosexuales”. Eso es un hecho que nunca reflejarán las encuestas, tan hipócritas y mentirosas como lo es nuestra sociedad, mejor dicho, como es nuestra humanidad.

Y la campaña de ensañamiento contra el amor “que no osa decir su nombre” sigue adelante, con la bendición papal y el consentimiento silencioso de la mayoría de la sociedad.
Hace unos días, lo habrán visto en la televisión, mostraron a una pareja gay en un país africano, que podría ser condenada a catorce años de prisión por el terrible delito de vivir juntos, es decir, que condenamos a nuestros semejantes por el inconcebible delito de amarse.
En Uganda, estaban considerando la posibilidad de cambiar la pena de muerte por cadena perpetua a quienes sean condenados por sodomía, y someterlos a una “rehabilitación”. Esto, con el aplauso de la iglesia católica.
Alguna vez me gustaría ver algún tribunal que condene con la misma saña a quienes manejan las riquezas de este mundo con absoluta irresponsabilidad e impunidad e indiferencia, condenando a la miseria y al hambre y a todo tipo de humillaciones y enfermedades a millones y millones de personas, entre las cuales los niños se llevan la peor parte.

Podríamos mencionar de paso, relacionado con este tema, el horror que causó el spot publicitario en la TV uruguaya donde aparecían hombres besándose en la boca. En la mayoría de los países está prohibido que dos hombres se demuestren su amor en público mediante un beso en los labios.
¿Hasta cuándo esta guerra sucia contra el amor? Como dice el conocido grafitti: “Haga el amor, no la guerra”.


Pero al amor no sólo lo atacamos cuando hay algún gay involucrado en el asunto.
También recuerdo cuando -hace años-, llevaron detenida a una mujer latina en California por el terrible delito de amamantar a su bebé en un vagón del metro, delante del público. Porque en la pantalla de un cine o en la televisión o en internet sí podemos ver cualquier porquería, cualquier basureada, cualquier violencia, cualquier asesinato, pero qué terrible ver a una hembra de nuestra especie mostrando una teta porque su cachorro -un cachorro de nuestra especie y que asegura la continuidad de la misma- necesita ser amamantado.


A los que creen que existe un infierno más allá de esta vida, les digo: quédense tranquilos, que nunca va a ser peor que este infierno que los humanos hemos construido tan cuidadosamente y durante tantos siglos sobre la faz de la tierra.
Como decía la canción de Roberto Carlos, hay veces en que me encantaría ser civilizado como los animales.

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Imágenes:
1) Marte castigando a Cupido, por Bartolomeo Manfredi.
2) Jóvenes negros registrados por la policía en Filadelfia, década del 60.
3) Dibujo de Quino.
Noticia del rabino:
http://www.voltairenet.org/article155467.html

domingo, 31 de enero de 2010

Los efebos del conquistador


El fin del Imperio Bizantino –heredero directo del Imperio Romano- marcó también el ocaso definitivo de la antigüedad, e históricamente señala el fin de la Edad Media.
Durante mil años la ciudad de Constantinopla, protegida por las murallas de Teodosio, había desafiado al mundo “pagano”. Siglo tras siglo, mogoles, tártaros y turcos atacaron en vano la ciudad invencible, seducidos por el brillo de sus cúpulas y la leyenda de sus tesoros.

Políticamente romana, culturalmente griega, la ciudad era la admiración y envidia del resto del mundo.

Sedas y porcelanas, espejos dorados, damascos, joyería esmaltada, cálices de oro, arquetas de sándalo y ébano, piedras preciosas, tapices y cerámicas, atestaban los cofres del tesoro de esa urbe que con miles de cúpulas brillantes refulgía como nube dorada sobre el azul del Bósforo y las tranquilas aguas del Cuerno de Oro.

No sabemos si realmente la historia de la caída de Constantinopla fue tan terrible como la cuentan los historiadores occidentales.

De todos modos, siempre que en la antigüedad una ciudad caía en manos de sus enemigos, se cometía todo tipo de atropello.

Leemos algunos extractos de la Historia Universal de Oncken (1890):



Sin aviso especial ni señal extraordinaria, a las dos de la mañana del martes 29 de mayo de 1453 empezó la agonía postrimera del imperio y del pueblo bizantinos.

Mientras todas las campanas de la ciudad tocaban a rebato y todas las mujeres estaban prosternadas en las iglesias dirigiendo en su desesperación ardientes plegarias al Altísimo, los hombres consiguieron rechazar las embestidas de los turcos por algún tiempo.

Pero estos finalmente lograron entrar a la ciudad, principalmente por las puertas llamadas Circoporta (o Xilocerco), Romanos y Carsias.

El emperador Constantino, peleando como uno de tantos guerreros sin distintivo alguno, buscó y encontró la muerte de los héroes.

Más de 60.000 personas cayeron prisioneras; pero la peor suerte cupo a muchos millares de infelices de todas edades, sexo y clase, que a las 6 y a las 7 de la mañana se habían refugiado en la catedral de Santa Sofía, donde estaban esperando en oración, confiando en antiguas profecías, el milagro de una victoria en el último instante.

No hubo tal milagro; los vencedores abrieron las puertas a hachazos, sacaron a los cristianos que quisieron para venderlos por esclavos, deshonraron a los jóvenes de ambos sexos, destruyeron y profanaron los objetos sagrados, celebraron orgías, alojaron a sus caballos en el mismo interior del templo y por último empezaron a destruírlo hasta que el sultán en persona llegó a la ciudad, los arrojó de allí y puso fin a su obra salvaje.


(En el justo momento de la entrada de los turcos, un sacerdote celebraba la misa; y levantando el cáliz sagrado, huyó despavorido penetrando milagrosamente a través de un grueso muro. La leyenda dice que el día que Santa Sofía sea restituida al culto cristiano, volverá a abrirse el muro y el sacerdote terminará la misa interrumpida.)







En la tarde del 30 de mayo, a la vuelta a su campamento, Mahomed II visitó de paso el palacio de las Blaquernas, saqueado bárbaramente como toda la ciudad aquel día y los dos siguientes; y obedeciendo a la impresión que le causaron la devastación y la triste soledad del edificio poco antes suntuosísimo, repitió las palabras siguientes de un poeta persa que en esta ocasión fueron como una inscripción fúnebre en la losa del sepulcro en que yacía el imperio de los Constantinos:


«Ahora la araña es portera
 en el alcázar del emperador. 
El mochuelo da el santo y seña 
en el palacio de Afrasiab.»

Después pasó Mahomed a celebrar su victoria. El banquete con que se celebró se transformó pronto en orgía, y el sultán ebrio mandó a Notaras la orden de que le enviara a su hijo, hermoso niño de 14 años; y como el desgraciado padre comprendió el objeto de la llamada, no quiso entregar voluntariamente a su hijo ni para ser paje musulmán ni para servir a la pasión insana del sultán. Mahomed al recibir la negativa se alteró, y sus instintos feroces se despertaron en toda la horrorosa realidad que da un tinte tan lúgubre y repugnante a la historia del conquistador de Constantinopla. Para castigar la desobediencia de Notaras mandó a su verdugo decapitarle a él, a su hijo mayor y a su yerno.


Entonces fueron también decapitados el veneciano Minotto y el cónsul catalán Julián con sus hijos mayores, porque Mahomed se reservó los muchachos y muchachas jóvenes y bellos para su harem.

No es raro que al caudillo Mahomed le haya salido a relucir la parte bestial de su naturaleza.
Aunque también lo vemos recordar una vieja poesía. 
De hecho, aquel joven sultán de veintitrés años, de ojos bellos y nariz curva, gustaba de leer clásicos en latín.
Algo brillaba dentro de aquel hombre.
Y también brilló en ese momento su lado más celestial, es decir, su atracción por los jovencitos hermosos.
Lástima que todo fuera mezclado con sangre y con dolor.






Pero podemos imaginarnos una escena ideal, en la cual el conquistador –conquistado por la belleza de aquellos efebos-, ya pasado el momento de la barbarie, les pide perdón a sus jóvenes amantes por la pena que les causó.
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Imagen 1:
Mahomed, acuarela del siglo XV

Imagen 2:

Fragmento de un cuadro de Blondel, 1840

Imagen 3:

Encuentro de Telémaco y Ulises, por Doucet

La leyenda del sacerdote que atraviesa el muro es citada por el arquitecto Vazquez Barriere en el artículo "Constantinopla", Suplemento Cultural de El Día, 31 de agosto de 1969.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Ennio y Adriano


Leemos en la Historia Augusta, que Adriano gustaba del estilo arcaico en la expresión: prefería Catón a Cicerón, Ennio a Virgilio, y Celio a Salustio.

Marguerite Yourcenar lo dice de manera admirable en un pasaje de sus “Memorias de Adriano”:

“...Más tarde preferí la rudeza de Ennio, tan próximo a los orígenes sagrados de la raza, a la sapiente amargura de Lucrecio;
a la generosa soltura de Homero antepuse la humilde parsimonia de Hesíodo.
Gusté por sobre todo de los poetas más complicados y oscuros, que someten mi pensamiento a una difícil gimnástica; los más recientes o los más antiguos, aquellos que me abren caminos novísimos o aquellos que me ayudan a encontrar las huellas
perdidas.”

De las numerosas obras de Ennio (239-169) sólo nos han quedado fragmentos.
El pasaje citado por Birley en relación con los últimos versos de Adriano, corresponde a la tragedia “Andrómaca”, en donde la protagonista dice:

“¡Oh padre, oh patria, oh morada de Príamo, santuario sagrado defendido por resonantes puertas! Yo te vi cuando estabas firme, (rodeada) de suntuosidad asiática, con tus techos cincelados y artesonados y adornada en oro y marfil. Todo esto lo vi consumirse en llamas y a Príamo morir violentamente y cómo el altar de Júpiter se bañaba en sangre. ¡Oh sagrada noche, que recorres de punta a punta las concavidades del cielo con carros de dos caballos, portadores de estrellas! Yo os saludo, elevados templos del Orco, moradas infernales de Aqueronte, pálidos lugares de la muerte, cubiertos de tinieblas.”

Una imprecación tan extraordinaria, que hasta fue plagiada por su contemporáneo Plauto.

Sabemos también que Ennio escribió un poema llamado “Epicarmo”, en el cual narra un sueño o visión en el que el autor cree haber muerto y haber sido transportado a una región, los ‘Acherusia templa’, donde andan vagando las sombras de los muertos. Allí Epicarmo expone a su oyente romano su concepción del mundo, tocada de racionalismo, y sus doctrinas físicas, según las cuales los dioses pasaban a ser interpretados alegóricamente como elementos de la Naturaleza: aire, agua, tierra y fuego.

Ennio escribió tragedias imitadas sobre todo de Eurípides, el poeta griego que hizo aparecer sobre la escena hombres en vez de héroes y alcanzó a escrutar las profundidades del corazón humano.
¿No nos hace recordar esto la afirmación de Flaubert, referida a la época de Adriano, de que no habían dioses en ese momento y el hombre estaba solo frente al universo?

De modo que Adriano tuvo en aquel antiguo poeta una fuente segura de inspiración.
Pero, creo que no sólo le gustaba el estilo arcaizante de Ennio, sino que se sentía identificado con el poeta en otras cosas.

Los dos fueron espíritus inquietos, curiosos, que buscaban nuevos caminos. Adriano, gobernando el Imperio como ningún otro lo hizo antes o después, viajando, interesándose por todo, sin descuidar el bienestar económico y social de sus habitantes.
Ennio, roturando para las letras latinas más de un terreno virgen, introduciendo y adaptando nuevos metros poéticos, como el hexámetro y el tetrámetro jónico cataléctico.
Halló en el latín un dialecto bárbaro, sin amplitud, sin unidad, sin reglas fijas; es indudable que Ennio no puso fin al caos, mas por lo menos disipó las tinieblas del idioma y aproximó la lengua latina a la perfección de la lengua griega.

Los dos fueron valerosos soldados. Adriano, comandaba las tropas de Trajano. Ennio, era centurión. Se hallaba en Cerdeña, participando de la segunda guerra púnica, cuando Catón lo conoció y quedó tan encantado con él que se lo llevó a Roma.
Años después combatió también valerosamente en Etolia.

Los dos eran apasionados helenistas. Adriano, siempre enamorado de todo lo griego. Ennio, nacido en el pueblito de Rudias, en el país de los Peucecios, es decir, en la Magna Grecia, imprimió para siempre en la literatura latina el sello del espíritu y del pensamiento helénicos.




Pero también hay una semejanza en el aspecto erótico. Adriano, enamorado perdidamente de un jovencito bitinio llamado Antinoo, que fue su compañero inseparable por varios años.
Ennio, conviviendo en sus últimos años con su amado Estacio en el Aventino, una de las colinas de Roma.

Al igual que Antinoo, Cecilio Estacio era también de origen oscuro.
Parece que era celta, de la tribu de los ínsubres (*), nacido tal vez en Mediolanum (hoy Milán).
Llegó a Roma como esclavo durante la segunda guerra púnica, y sirvió en la casa de un tal Cecilio, cuyo nombre de familia adoptó después de la manumisión.
Se conservan fragmentos de unas cuarenta comedias escritas por Estacio -en un latín poco correcto-, y es conocida la anécdota de que animó a Terencio a dar al público la ‘Andria’, primera de las comedias de este joven escritor fallecido durante un viaje a Grecia con apenas veinticinco años.

Estacio murió un año después de Ennio, en 168 A.C.
Según el testimonio de Jerónimo, ambos fueron sepultados juntos cerca del Janículo, colina romana al otro lado del Tíber, no lejos de donde Adriano construyó más tarde su mausoleo.

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(*) Los ínsubres eran una colonia de los galos que habitaban cerca del Loira en la Galia Leonesa. Conducida por Belloveso al territorio que se extiende entre el Tesino y el Ada, fueron sometidos bajo el consulado de Pompeyo.

Fuentes:

“Fragmentos de Quinto Ennio”, traducción de Manuel Segura Moreno, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 1984

“Literatura Latina” por Alfred Gudeman, Labor, 1952

“Historia de la Literatura Latina” por Agustín Millares, FCE, México, 1971

“Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano”, de Montaner y Simón, 1910 (aprox.)

La imagen de arriba es de un admirable mural de John Singer Sargent, “Apolo en su carro con las horas”.
La segunda, un detalle de “Ifigenia en Áulide”, pintura pompeyana.
La última, una vieja foto del Janículo, donde Roma Eterna conserva un recuerdo de la ciudad de Montevideo.

Maxwell Armfield y su tributo a Walter Pater


Maxwell Armfield (1881-1972) fue un artista británico –ilustrador y escritor- de larguísima vida, educado en aquellos colegios de los que ya hablamos, donde se vivía una de las “primaveras” históricas del homoerotismo.

Era apenas un adolescente cuando falleció Walter Pater, pero ya vimos la enorme influencia que la obra de este escritor tuvo sobre aquella generación de estudiantes ingleses.

Comenzó sus estudios de pintura en Birmingham.
Para sus cuadros, empleó sobre todo la témpera.
Es muy sugestivo que su “Autorretrato”, pintado en 1901, haya sido usado recientemente por la Universidad de Oxford como tapa de la nueva edición del clásico de Oscar Wilde, “El retrato de Dorian Gray”.

Estudio de desnudo para el cuadro
"I saw three ships"



En 1902 continúa sus estudios de arte en una academia de París.

En esa misma ciudad, en el Salón de Bellas Artes de 1904, exhibe su cuadro “Faustina”, que fue adquirido y donado para el Museo de Luxemburgo.

Al año siguiente, en el mismo Salón, presenta la obra que reproducimos aquí, “Jacchos”, “A la memoria de Walter Pater”.
La pintura muestra al dios Baco, o Dionisos, en la figura de un adolescente ciertamente andrógino. A Pater le hubiera encantado este homenaje de Armfield.




Maxwell Armfield se casó en 1909 con la dramaturga Constance Smedley, junto a quien trabajó en una perfecta combinación de talentos. En 1915 se fueron a vivir a EEUU, donde permanecieron algunos años.
Como dice la biografía, Armfield vivió tanto que su arte, ya pasado de moda, volvió a ser apreciado en sus últimos años de vida.
Un disco de Fleetwood Mac editado en 1969 luce un diseño suyo en la portada.


En cuanto a las claves simbólicas del cuadro “Jacchos”, acudimos a los mitógrafos:

El culto de Baco tiene su origen en Tracia. Se le festejaba durante la noche del solsticio de invierno, en que las mujeres formando círculos, muy excitadas y con antorchas, celebraban la “Orgía”. Las danzas salvajes, la disipación mental, el alborozo y la arrebatada música de flautas, junto con el consumo de bebidas embriagadoras, especialmente vino, que los tracios elaboraban desde muy antiguo, las conducían a un estado de éxtasis durante el cual creían unirse al dios.
Sacrificaban animales, bebían su sangre y se cubrían con sus pieles.
Según los gritos que ellas lanzaban, así se llamaba también al dios, Baco o “Iacco”.

El símbolo más antiguo del culto a Dionisos fue un pilar o columna, probable reproducción de algún árbol sagrado, al que añadían una especie de careta y vestidos formando las imágenes del culto. Dionisos vivía en el árbol mismo, puesto que las más antiguas bebidas embriagadoras se extraían del jugo de algunos árboles, haciéndolo fermentar.

Se le representó con figura barbada y completamente vestido hasta el siglo IV A.C., y también como niño en brazos de Hermes o de algún Sátiro.
Después de Praxíteles, que lo representó desnudo o cubierto con una piel de ternera, su figura aparece siempre desnuda y con aspecto juvenil.

Acerca de su aspecto andrógino, sabemos que cuando era apenas un niño, su padre, Zeus, encargó a Perséfone de su cuidado, y ésta lo llevó al rey Atamante de Orcómenos y su esposa Ino, quienes lo criaron en las habitaciones de las mujeres, disfrazado de niña.
Cuando llegó a la edad viril, Hera lo reconoció como hijo de Zeus a pesar de su aspecto femenino, y lo enloqueció.
También en Orcómenos se presentó ante las hijas de Minia en forma de muchacha.

En cuanto al báculo y la corona de hiedra, eran atributos clásicos del dios. Recordemos la maravillosa estatua del Antinoo Braschi en la Sala Rotonda del Vaticano, en la cual pensamos inevitablemente al mirar el cuadro de Armfield, o esta acuarela que representa a una bacante:



Cuenta la leyenda que Dionisos se fue a recorrer el mundo acompañado de su preceptor Sileno y un ejército salvaje de sátiros y ménades, cuyas armas eran el báculo con hiedra enroscada y una piña en la punta, llamada tirso (thyrsus), y espadas, serpientes y bramaderas que infundían terror.
La hiedra estaba consagrada a Dionisos por su color siempre verde, su fuerza vital, invariable aun en invierno, y sus frutos fuertemente embriagadores.

La guía principal de la fábula mística de Dionisos es la difusión del culto de la viña por Europa, Asia y el norte de África.
Allí donde llegaba, propagaba la alegría y el terror, y la historia de los viajes del dios está saturada de locura, de horrendos asesinatos, de descuartizamientos y canibalismo.


Fuentes:

-Catálogo ilustrado del Salón de 1905, Sociedad Nacional de Bellas Artes, París.
-Mitología griega y romana, por Hermann Steuding, Labor, 1953.
-Los mitos griegos, por Robert Graves, Alianza, 1995.

El autorretrato de Maxwell Armfield y la tapa del disco están tomados de la Wikipedia.
“La Bacante” es una acuarela de John Colher (fines del siglo XIX).

miércoles, 16 de diciembre de 2009

El cielo y tú



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El cielo es un lugar
que está allí donde tú estás

Puede ser la penumbra
de un cuarto de hotel



Puede ser el aire nocturno
en un parque solitario
habitado por tu sonrisa
por tus ojos
por tu abrazo


O puede ser un reflejo
de felicidad y ternura
en esas cartas
que son mi único tesoro
y que alumbran
mis horas de tristeza