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miércoles, 6 de junio de 2012

Adriano y Antinoo por Luis Antonio de Villena


Luis Antonio de Villena, gran escritor español al que ya hemos mencionado en este blog (y una fuente de inspiración a la que siempre volveremos), escribió una interesante semblanza del Emperador Adriano para la revista "La Aventura de la Historia".
Apareció publicada en la sección "Mi Héroe", página 130 del número 49, en noviembre de 2002: 


PUBLIO ELIO ADRIANO
A este emperador romano nacido en Itálica (Hispania) en el año 76, lo ha hecho modernamente célebre la novela de Marguerite Yourcenar Memorias de Adriano (1951), donde la autora franco-belga, con respeto a la Historia, da voz a un hombre, sin duda excepcional dentro de las condiciones del Mundo Antiguo, quiero decir aquí sobre todo, dentro de un mundo que aceptaba como normal la institución de la esclavitud...

Adriano -lejanamente emparentado con Trajano, su antecesor en el poder y final padre adoptivo- fue un intelectual enamorado de la belleza, que procuró conservar y acrecentar un patrimonio artístico y una cultura (la grecoalejandrina) en cuyos valores creía absolutamente. Fue designado emperador de Roma el año 117 y durante su reinado sólo hubo una guerra importante, que fue una revuelta en Judea (uno de los más inestables y problemáticos territorios del Imperio) entre 132 y 135.

Adriano joven, Museo del Prado, Madrid


Adriano (en latín Publius Aelius Hadrianus) viajó a lo largo de sus dominios y procuró ser justo, benevolente, sabio y feliz, hedonistamente feliz... Una de las monedas que se acuñaron con su efigie, lleva esta inscripción: Humanitas, felicitas, libertas. Siendo muy joven, leí esas palabras -y el sentido que el César quería darles- y quedé deslumbrado. Y creo que sigo deslumbrado, porque pocos gobernantes (aún hoy) son capaces de asumirlas o declararlas: Humanismo, felicidad, libertad...

Moneda de Adriano con la inscripción "Libertas"


Adriano (que amaba mucho a Grecia y singularmente a Atenas, fuente de la cultura en que bebía) residió un par de años en esta ciudad, promoviendo las obras públicas, entre ellas, la finalización del Gran Templo de Zeus Olímpico, que había iniciado Pisístrato, más o menos 700 años antes. Construyó su célebre villa en Tíbur (Tívoli) cerca de Roma, y entre tantísimas obras, su propio mausoleo, base hoy del Castel Sant'Angelo.


Se enamoró de un muchacho bitinio, Antínoo, que murió ahogado en el Nilo cuando tenía unos 20 años. Adriano llenó el Imperio de magníficas estatuas de ese amado -de hermosura rotunda- que encarnaba lo Bello Ideal. Una forma humana de la perfección del mundo.


Se dice que escribió -Adriano- unas memorias, que se han perdido, así como sus cartas. Pero de este hombre que aspiró a la belleza, a la armonía, a la libertad, a la paz y a la natural pluralidad moral, se conserva un poemita -que según una tradición, probablemente apócrifa- recitó en su lecho de muerte:
Animula, vagula, blandula... (Almita, errante, dulce...).


Han pasado cientos y cientos de años (Adriano murió en 138) y el César hispano sigue siendo, creo, un alto ejemplo de humanismo abierto. De buen ser hombre. Nada menos.
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Luis Antonio de Villena es autor también de un precioso poema que viene a ser como un reproche para los dos escritores (Peyrefitte y Montherlant) de los que hablamos en el post anterior.
Contra los "cazadores" de jovencitos en las calles -esos "Antinoos" heridos-, van dirigidos sus versos:



ANTÍNOO HERIDO

También es posible que esos ardidos buscadores
de belleza, acechadores del minuto hermoso de la juventud,
también es posible que ellos no sepan amar, sin más.
La infancia, siempre. Un oscuro, herido daño primordial,

cierto, pero (incapaces de darse, egoístas, medrosos,
íntimamente cubiertos de sangre) no saben amar...
Buscan entonces con sed la gloria adolescente del
leopardo, el muchacho de Maratón, el dorio atleta suave

como los rubios aqueos, u oscuro como los coptos
que servían vino y miel... Noche tras noche, la búsqueda
no cesa y el Todo se desmiga en multitud...

¡Con lo hermoso que es compartir la vida en amor,
ver dormir, cansado del amor, a tu buen amigo feliz!.
¡Desdichados estetas, agonizantes mendigos de una luz!

(Antonio Luis de Villena, en su libro “Alejandrías: antología”, Editorial Renacimiento, 2004)

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El artículo de Adriano lo pueden leer también (levemente modificado, sobre todo por la duda en el lugar de nacimiento) en la página de Antonio Luis de Villena.

martes, 30 de agosto de 2011

"Antínoo" de Carlos Framb



I

El primer día del mes de Atir
El segundo año de la ducentésima
Vigesimosexta Olimpiada...
La rubia sonrisa del dios sol acariciaba
Las colinas del oriente
-Tú llorabas-
Remontaba de nuevo la luz su trayectoria
En los cielos del Egipto milenario
-Tú amabas más las sombras de la noche-
El rocío enlucía las pestañas del nenúfar
Corriendo por su piel de púrpura
-Y por tu pómulo soñoliento aún-
El llanto de la mañana moría
En las ondas del estanque
-Y alcanzaba tu labio de sensual bisel.



II

Con tal postrer llovizna despedías
Los jardines del Amante:
Ya no arrobarías más tu alma
En los astros del Nilo
-Pasarías a ser uno entre ellos-
Ya no adormecerías más los pesares
En el altorrelieve de un torso
Porque éstos
Eran sed de infinitud,
Contorno de nimbus en el pecho apresado,
Sed que abría senderos en la tierra
Hacia el dulce reclamo de las aguas.



III

Pensaste acaso
Al influjo de adiós estelar
Que tu adiós sería el caer de una hoja
En Su laurel imperial.
¡Si supieras cuánto fuiste para Él!
Fuiste por años lirio de las aguas
Abriéndose a Su beso,
Fuiste clámide y lebrel,
Tránsito silencioso de una faz irrepetible
Y aun en éxtasis melancólica
Que lo ataba con su raro ensueño,
Fuiste promesa que se tiende a las plantas
Del desengaño para iluminarlo con un roce.



IV

Por qué Le abandonaste
La Historia te pregunta...
Acaso ya del cielo gris
No caía escarcha al huerto,
Acaso se llevaban las albas
Lo que pusieron los númenes en ti,
Acaso por un noble sacrificio.
Mas quizá te parecieron
-Como a mí-
Veinte años bella edad
Y las aguas poesía
Para hacer de una vida vana
Fantasía en los milenios.



V

La Náyade te guió, es lo cierto,
En tu marcha de agonía hacia el ribazo:
Atrás quedaba el Tíber
Y los íntimos perfumes del otoño
-Tu presurosa desnudez de cara al río-
Lejos ya las mañanas compartidas
Bajo el azul intenso de las Islas
-Tu solitaria inmersión de amoroso delfín-
Lejos, el juego donde siendo Él
Crucificado grito, fueras tú rendida cruz
-Y tu boca en el agua que se entreabre
Como quien pide un beso,
Como quien muere de sed...



VI

“¿Y dónde está mi joven pastor?”
Ascendió Su lamento al descubrir
Una ingenua estatua de alabastro y sol
Anegada entre lodo y guijarros.
“¿Y la luz de tu mirada tenue?
-Cristal de lapislázuli al poniente-
¿Y el flotar de tus bucles bitinios?
-Sombrío oleaje alzando vuelo-
¿Y la tensa delicia de tu vientre?
-Juego de cuerdas tendidas bajo mi mano
De asombrado citarista-
¿Y el calor que en la noche elevaba
Incendios en mi piel, haciendo
De cualquier estancia morada de dioses?”



VII

Es tanto de golpe
Con el cuerpo querido que se pierde:
El dulce rostro del joven bienamado
Y su boca nunca demasiado besada,
El pie que corriera tras los ciervos
Y el torso combado
Que elevara murmullos a su paso,
La cabellera de fauno en que navegó
Una mano,
La seda o piel de las unciones
Y el rosado orbe de los ocultos besos...
¡Todo ahora perdido bajo el lodo!



VIII

Cuando el amigo no abreva
Ya su sed junto a la nuestra
¿Qué son sin él los caminos y la noche?
-La nevada cumbre del Etna
Remontada a tu lado, un anochecer-
¿Y las brisas de altamar bajo los astros?
-Noches consagradas al misterio,
Tu joven mirada ante el vuelo de Pegaso-
¿Y los cánticos tristes y la inmortalidad?
-El delicado élegos
Opuesto al moaré rosáceo de tu labio-
Para quien todo el mundo ha sido un pecho
¿Qué es ya sin él
Un imperio, qué un Zeus Olímpico?



IX

Tantas horas desnudas
Un cincel copiando en mármol
El mohín exacto de una boca,
La curvatura lisa de tu muslo...
Pero ante la dulce y dolorosa
Certeza de la carne, para qué
La eternidad de una sombra que no tiembla.
Sueños de ser un Prometeo
Y robar el soplo del fuego que ilumina
La pupila con la misma luz
Del astro y la luciérnaga,
Que tiñe la piel con el tono
De la aurora y de la miel,
Que colma al ser con sonidos
De pájaros, con quejas,
Y sabores de almíbar y salitre.



X

Ya el horizonte se extinguía tras Él
Con el arribo de púrpura y estrellas
Mas para Su alma flagrante
Qué era una lágrima,
Qué era un clamor,
Qué era tener tu corazón de muchacho
Entre las manos
¿Y su música?
Qué era eternizar la forma de tu cuerpo
¿Y su llama?
Qué era ya la vida, vino breve,
Sin tu dulce fisonomía para el libamen.



XI

Habías sido
Huésped, escanciador y compañero.
Habías sido
El culto, la ofrenda, los misterios,
Como un Baco Su vendimia,
Como Ceres Su espigar...
Y en el silencio del dolor
Él oyó tus pasos alentando
En lejanos corredores:
Tus plantas apenas si acariciaban
Las losas que vestían el camino
Hacia la puerta de los dioses.
Y fuiste dios por Él
Con el derecho que da el amor.



XII

Te habías desleído ya.
Y en la noche egipcia, una luna de estandarte
Iluminaba apenas para adivinar
Dónde terminaban
Los sollozos de un hombre viejo
Y dónde empezaba
El epinicio de las aguas.
Te habías desleído ya.
Y en la noche egipcia, un hombre enamorado
De cabellera claroscura
Y por nombre Adriano, soñaba:
Veía su Antinópolis naciendo
De entre los légamos de Bessa hasta ser
Nube azul en la noche, luminosa.

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Del libro "Antínoo. Un día en el Paraíso", por Carlos Framb, Editorial Universidad EAFIT, Colección Acanto, Medellín (2002). 
Carlos Framb nació en Colombia en 1964.

martes, 12 de julio de 2011

El duelo de Adriano en una canción de Hervé Cristiani



ANTINOÜS


Estrépito de timbales de oro, dejad pasar al César

Que los pajes pintados lloren sus lágrimas de miel,
Los dioses están cansados de habitar en el cielo
Que el festín comience, que los nubios dancen,
Que los vinos de Caldea aporten el olvido

Antinoo, Antinoo
Tu esclavo dormido
Antinoo, Antinoo
No lo puedes olvidar



Por el cuero y el hierro y las águilas de Europa
Has conquistado la tierra y sometido a los hombres
Todos esos príncipes bárbaros que se rinden a tus pies
No tienen el poder de hacerte olvidar

En las estatuas de mármol y las monedas del Imperio
En el aliento de los árboles, está su sonrisa
Por la púrpura imperial que te cubre el cuerpo
Por el canto de las vestales, él vive todavía



Esta conmovedora canción de Hervé Cristiani (1990) nos muestra de manera admirable el duelo del Emperador Adriano tras la muerte de Antinoo.
Inspirada ciertamente en la obra de Marguerite Yourcenar, pero también en Baudelaire y Heredia, según comentarios leídos en la red.



jueves, 21 de abril de 2011

Antinoo en versión alemana: Ebers y Knille



Adriano y Antinoo en el palacio de Loquias, en Alejandría.

Adriano había estado levantado casi hasta el amanecer, para descansar luego apenas durante tres horas; ahora estaba comparando, con el ceño fruncido, los resultados de sus observaciones hechas durante la noche, con las tablas astrológicas que se hallaban delante suyo.
Durante su trabajo, meneó repetidas veces la cabeza, para expresar su descontento; hasta tiró una vez el pedazo de tiza del cual se sirviera para hacer sus cálculos, sobre la mesa, reclinándose en el respaldo del sillón, tapándose los ojos con ambas manos.
Luego volvió a comenzar con su tarea de anotar números, pero su resultado no parecía ser más satisfactorio que el anterior.
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Cansado del silencio absoluto que reinaba a su alrededor, llamó a Antinuo, quien estaba contemplando el puerto.
Enseguida se acercó el favorito a su amo.
Adriano contempló, y dijo meneando la cabeza:
—Tú también tienes el aspecto de aquel que espera la inminencia de una desgracia. ¿Se ha nublado el cielo del todo?
—No señor. Es azul sobre el mar, pero sobre el sur aparecen grandes nubes.
—¿Del Sur? —preguntó Adriano, pensativo.— Es difícil que nos amenace algo grave desde ese lado. Pero viene, se acerca, y estará aquí antes de lo que sospechamos.
—Te has quedado velando tanto tiempo. . . esto te da mal humor.

—¿El humor?... ¿Qué es el humor? —murmuró Adriano, sombríamente. —El humor es un estado que se apodera de todas las emociones del alma a un tiempo, con justificada razón, y esta aprensión es lo que está ahogando hoy a mi corazón.
—¿Entonces, has visto señales malas en el cielo?
—Sumamente malas.
—Tú, como todos los hombres sabios, crees en lo que estás leyendo en las estrellas —contestó Antinuo. —Probablemente tengas razón, pero mi cabeza, débil por cierto, no quiere comprender lo que tiene que ver su camino regular con mi vida irregular.

—Tienes que envejecer primero —dijo el emperador. —Tendrás que aprender a conocer el mundo entero y recién entonces podrás hablar de estas cosas y conocer que cada parte de la creación, la más grande y la más pequeña, están ligadas mutuamente, dependen la una de la otra y tienen un efecto conjunto. Todo lo que es y será en la naturaleza, todo lo que sentimos nosotros, los hombres, lo que pensamos y hacemos, todo esto está supeditado a causas eternas y lo que resulta de las mismas, lo han escrito demonios que se hallan entre nosotros y la deidad, en el cielo. Las letras de esta escritura son las estrellas, cuyos caminos son tan invariables como las causas de todo lo que es y pasa.
—¿Estás completamente seguro de no equivocarte nunca, al leer esa escritura? —preguntó Antinuo.
—Hasta yo puedo estar equivocado, —contestó el emperador—pero estoy bien seguro de no haberme equivocado esta vez. Me está amenazando un grave siniestro. Son coincidencias extrañas y atemorizadoras.
—¿Me dirás cuáles son?

—De la maldita Antioquía de donde nunca ha venido nada bueno para mí, recibí un oráculo que... del cual... ¿para qué te lo voy a ocultar ?... A mediados del año venidero deberá caer sobre mí, como el relámpago que tira al suelo al desprevenido, una desgracia grave, y esta noche. ¡ Mira aquí, esta tabla!. . . Aquí está la casa de la muerte, allá están los planetas... ¿ Pero qué entiendes tú de estas cosas? Con esta perspectiva ante los ojos es difícil proseguir. ¿Qué nos traerá el año venidero?
Adriano suspiró profundamente, pero Antinuo se le acercó, y arrodillándose ante él, preguntóle, modestamente como un niño:
—¿Me permite el gran sabio a mí, el pobre ignorante, que enriquezca su vida con seis meses buenos y agradables?

El emperador sonrió, como si supiera ya lo que estaba por decirle su favorito; pero éste continuó hablando, alentado:
—No te preocupes por el futuro. Lo que tendrá que venir, vendrá de todos modos; por cuanto ni siquiera los dioses tienen poder alguno para cambiar el destino. En cuanto se acerque el mal tenderá sus sombras con anticipación. Tú las observas y permites que te oscurezcan los días de sol, mientras yo camino por mi ruta despreocupado y veo la desgracia recién al tropezar con la misma y cuando me golpea.
—De esta manera te ahorrarás unos cuantos días negros, —interrumpió el emperador al joven.
—Es precisamente lo que quería decir.
—Tu consejo es muy bueno para todos los que pasean despreocupados en esta vida, —contestó el emperador— pero el hombre a quien ha encomendado el destino conducir a millones de personas por entre precipicios, tiene que mirar hacia todos los lados, considerar lo cercano y lo lejano, sin cerrar nunca los ojos, aun cuando se vea obligado a ver cosas tan espantosas, como las que estuve obligado a contemplar esta noche.
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Este es un fragmento del capítulo cinco de la novela histórica “Adriano el Emperador” (Buenos Aires, 1945), escrita por el novelista y egiptólogo alemán George Ebers (1837-1898) y traducida por F. Schweizer.
La primera edición de esta obra en su idioma original (“Der Kaiser”) es de 1881.
Es curioso cómo traducen el nombre del bitinio: “Antinuo”.

En esta escena que compartimos, se basó el artista alemán Otto Knille (1832-1898) para su cuadro “Adriano y Antinoo”, publicado por “La Ilustración Española” en diciembre de 1885.
El grabado va acompañado de esta descripción, bastante despectiva por cierto hacia la figura del favorito de Adriano:

“Antinoo, bello mozo de Bitinia, tipo de la corrección de formas, a creerse lo que escriben los antiguos, llegó á ser el confidente y favorito del emperador Adriano, por quien se sacrificó arrojándose al Nilo.
Refieren otros que esta prueba de afecto no fue tan espontánea como Adriano dio a entender, sino que, viajando éste por Egipto, le dijo el oráculo que su vida corría peligro mientras no hubiese quién sacrificara la suya por la del emperador; lo cual hizo Antinoo obligado por su dueño.
De todos modos, no se perdió gran cosa con la muerte del antiguo pastor de Bitinia, que no merece por cierto de la Historia los honores hasta divinos que le hizo tributar su dueño.
El autor de este cuadro se inspira generalmente en hechos históricos o en leyendas fantásticas de las muchas que constituyen la literatura popular alemana. El cuadro que hoy le reproducimos demuestra suficientemente hasta qué punto tiene su autor condiciones bastantes para tratar asuntos de alto vuelo.
Knille es profesor de la Academia de Berlín, donde su talento había pasado desapercibido hasta que llamó extraordinariamente la atención pública un toldo, propiamente un velarium romano, que pintó para decorar cierto sitio de la capital cuando tuvo lugar el regreso de las tropas procedentes de la terrible guerra franco prusiana.”
  
Don Francisco de la Maza también comenta el cuadro en su complemento al libro “Antinoo”, pero, no sé por qué, se lo atribuye a otro autor:

“A fines del siglo XIX volvió la figura de Antinoo a aparecer en pintura y escultura. Un cuadro, de la época del Art-Nouveau, de Culver, representa a Adriano contemplando al bitinio, que Culver lo imaginó más robusto de lo que fue y hasta un poco gordo. El cuadro es “romántico”, un tanto falso en el ambiente y de un mal gusto evidente, si bien está pintado con toda la maestría del academismo.”

Estoy de acuerdo en lo del mal gusto, porque además Antinoo aparece en una pose muy afeminada. Creo que es imposible imaginarse al bello efebo con ese aspecto tan extraño.
Al comienzo de su obra, Ebers lo describe más de acuerdo con los escultores antiguos:

“Adriano contemplaba la figura del joven con tanta atención afectuosa, como si éste fuera una obra de arte única que no pudiera ser contemplada nunca con bastante atención. Realmente, los dioses habían hecho una verdadera obra de arte con el cuerpo de este joven. Cada músculo del cuello, pecho, brazos y piernas, se distinguía por su fuerza, y al mismo tiempo por su blandura. Ningún cuerpo o rostro humano podía ser tallado con mayor perfección.”


Claro que Ebers no pudo escapar a los prejuicios de su época, y otro pasaje del mismo capítulo parece fomentar el comentario despectivo de “La Ilustración Española”. Adriano le dice al bitinio:

“Tú eres para mí más que una obra de arte. El mármol no puede ruborizarse. En la época de Atenas gobernaba la belleza al mundo, pero tú me das la prueba de que les gusta también a los dioses dar forma a la belleza en nuestro mundo actual.
Tu aspecto me reconcilia con las desarmonías de la vida. Esto me hace mucho bien, ¿pero cómo exigir de ti que me comprendas? Tu frente no ha sido creada para pensar... ¿o has comprendido alguna de mis palabras?”
  

Otra obra muy conocida de Ebers publicada en español, fue “La hija del Rey de Egipto” (Barcelona, 1881). La edición en dos tomos contiene lujosas láminas dibujadas por Arturo Mélida, con detalles en oro.



En cuanto a la atribución del cuadro de Adriano y Antinoo a Culver, es un enigma. Si observamos bien el grabado de La Ilustración Española, en la parte inferior izquierda de la imagen, se distingue claramente el apellido “Knille”. Y si vamos hacia la derecha, encontramos el nombre del grabador, uno de esos artistas anónimos y geniales que convertían cualquier obra de arte en un grabado maravilloso, en una época en que la fotografía todavía no se había desarrollado.

Acerca de Otto Knille, hay algunos otros datos en internet. Nació el 10 de Septiembre de 1832 en Osnabrück, y falleció el 7 de Abril de 1898 en Meran.
Estudió en la Academia de Arte de Düsseldorf . En su largo peregrinaje vivió en París, en Munich y en Hannover.
Comienza a pintar cuadros de contenido histórico en 1865, y desde 1877  fue profesor de la Academia de Arte de Berlín. Escribió también monografías sobre temas artísticos.
En la web encontré otra imagen del mundo antiguo recreada por Knille, en este caso referida a los Juegos Olímpicos:



domingo, 27 de febrero de 2011

Imágenes, historias, anécdotas



Recuerdo que cuando era adolescente esta imagen en una Biblia ilustrada publicada por editorial Codex, me resultaba muy perturbadora.
Un guerrero, desde su caballo, introduce su lanza en el ano de un enemigo que está en el suelo y la sangre brota abundantemente. Es muy sugestivo que hayan seleccionado esta ilustración para el episodio de la derrota de los reyes de Sodoma y Gomorra, narrado en el libro del Génesis.
Años después, encontré un comentario sobre esta imagen en el libro “Las malas palabras” del escritor argentino Ariel Arango (Ed. Martínez Roca, Barcelona, 1989).
Cuando habla del sometimiento anal como castigo en episodios bélicos dice, entre otras cosas:
"Todavía en una época tan reciente como 1982 los diarios del mundo difundieron una inquietante fotografía en la que un grupo de soldados ingleses, prisioneros de tropas argentinas durante la guerra de las Malvinas, se ven obligados a echarse boca abajo y con el culo para arriba en un evidente resabio de aquella atávica sumisión anal..."



“La frase obscena romper el culo es, en verdad, una típica imagen masculina. un lugar común en las conversaciones de varones. Constituye una clara manifestación de triunfo y de violencia...
........................
Tal vez no exista otro modo de expresión que muestre tan dramáticamente el propósito profundo y oculto de la victoria y dominio de un hombre sobre otro. Y es que en la raíz profunda de todo conflicto viril la lucha es siempre por conquistar a la mujer. Ser el más macho, disfrutar de la hembra y someter, femeninamente, al rival.



.........................
...Entre múltiples evidencias de este vetusto castigo, (vemos) un conmovedor dibujo que se halla en ‘Les trés riches heures du Duc de Berry’ (fol. 95r. del Museo Condé, en el castillo de Chantilly), ...que muestra a un soldado afortunado que desde un caballo clava su lanza (un claro símbolo fálico) en el culo levantado y desnudo de un guerrero vencido y postrado a sus pies.” Más claro imposible.


II




Esta es la tapa de una de las innumerables ediciones del libro “Corazón”, un clásico del escritor italiano Edmundo De Amicis, que en junio de 1884 –cuando tenía 38 años y ya era célebre- estuvo de visita en Montevideo.
La edición es de Editorial Sopena, publicada en Buenos Aires en el año 1952. No dice quién diseñó la tapa.
Siempre me había llamado la atención la cara de ese niño, de aspecto ciertamente europeo.
Mi sorpresa fue grande, cuando mirando distraídamente algunas fotos presentadas en el Segundo Salón Anual del Foto Club Argentino, en octubre de 1938, me encuentro con esa carita inconfundible, que reconocí de inmediato, en la foto titulada “Inmigrantes” de Ángel Castellano, tomada quizás en el puerto bonaerense.




El niño refugiado en los brazos de su madre, y junto a su hermanita, conforman una imagen de belleza increíble, y de gran expresividad. No es raro entonces, que el artista anónimo tomara esta foto como modelo para su obra.


III


Recuerdo que en mi infancia fui un asiduo lector de la colección de viejas revistas “Selecciones del Reader’s Digest” que había en mi casa. Eran otros tiempos, no había internet, ni teléfonos celulares, ni consolas de juegos, etc.




Teníamos más tiempo disponible para la lectura, y esa revista literalmente me abrió las puertas del conocimiento en múltiples temas.
Me encantaban muchas de las imágenes que publicaban, no sólo acompañando a los artículos, sino también en los avisos.
Como la imagen que ahora comento, que formaba parte de una campaña llamada “Historia de la Medicina”, con cuadros especialmente pintados para el laboratorio Parke-Davis, mostrando el desarrollo de esa ciencia en antiguas civilizaciones.




Esta escena con Hipócrates (siglo quinto AC) auscultando a un jovencito griego de aspecto enfermizo y acompañado por su preocupada madre, era mi preferida. El llamado “padre de la Medicina” recomendaba diagnosticar las enfermedades por medio de la palpación, la auscultación y la observación del enfermo.




En este caso, la genialidad del artista tomó como punto de partida, seguramente, este antiguo relieve en mármol del British Museum que representa a un médico llamado Jason tratando a un jovencito con el estómago inflamado.
El autor de esta serie de cuadros fue el pintor e historiador estadounidense Robert Thom (1915-1979). La forma en que el artista recrea la escena de la consulta médica a partir del relieve me parece brillante.




IV


Años atrás, compré un libro muy lujoso con una recopilación de la obra de esos dos genios de la fotografía artística que son Pierre et Gilles.
En el libro aparecen también diversas imágenes que estos inquietos peregrinos de la belleza han juntado por todas partes del mundo.



La imagen de estos dos niños desnudos y calentándose ante el fuego del hogar, figura en el libro sin ninguna leyenda explicativa.
Hace poco estaba mirando las excelentes imágenes antiguas del blog “The Dream Exchange”, al cual llegué gracias a mi amigo Hugh, y encontré esta vieja postal con la misma escena, pero en este caso protagonizada por dos niñas desnudas.


Se nota un cambio significativo desde la antigua postal hasta la imagen del libro.
No sólo cambia el sexo de los protagonistas, también se quita la sobrecargada ornamentación, desaparecen el candelabro y la alfombra, la boca del hogar se reduce y se simplifica, y los cuerpos son más musculosos. Nótese el vientre abultado de la niña de pie, que casi desaparece en la nueva imagen, y cómo se remarca la cola del niño sentado, que además parece ser de la misma edad del que está de pie, a diferencia de las niñas que son visiblemente de edades distintas.
¿Se trata de dos postales de una misma colección, o alguien –quizás Pierre et Gilles- hizo una reelaboración de la imagen partiendo de las dos niñas?
Por el momento, no lo sé. Pero sin duda, son dos imágenes de gran belleza.
La dirección del blog:
http://dream-exchange.blogspot.com/2011/01/vintage-1890s-1920s.html


V


Esta imagen publicada por una conocida secta cristiana, muestra a san Pablo predicando a los atenienses al pie de la acrópolis.




A mí me causó mucha gracia desde la primera vez que la vi, porque en el auditorio, y escuchando atentamente al apóstol de los gentiles, se encuentra nada más y nada menos que un viejo conocido nuestro, el Emperador Adriano.
Cosa imposible, ya que san Pablo predicó en Atenas hacia el año 50 DC y murió en el 66, diez años antes del nacimiento de nuestro querido Emperador.
Pero en este caso, no hay que darle vueltas al asunto, se trata de una interpretación artística. También aparecen entre el público el filósofo Antístenes y el célebre orador Demóstenes, fallecidos respectivamente en los años 365 y 322 AC.






Antístenes-Adriano-Demóstenes



Lo curioso es que, en un lugar de internet en el que se dedican a criticar a esta secta, muestran la misma imagen tal como se publicó años después, y en la cual desaparecieron como por arte de magia los tres personajes “infiltrados”.




http://enverdadosdigo.blogspot.com/2005_02_01_archive.html

Se ve que alguien presentó sus quejas por esa escena anacrónica.
Todo este episodio me resulta muy divertido, y me imagino si lo hubiera visto Adriano, la carcajada que habría soltado.

Y no creo que hubiera hecho buenas migas con el muy homófobo san Pablo.