domingo, 27 de junio de 2010

Seguimos en la Copa

Ahora que nuestra Selección Celeste pasó a cuartos de final en la Copa Mundial de Sudáfrica, es hora de hacer un nuevo homenaje a estos jugadores que están poniendo a Uruguay otra vez en el mapa futbolístico mundial.
Por sugerencia de un amigo, que lo considera el más "fachero" de los integrantes de la Selección, publico algunas fotos de Sebastián Fernández, con sus radiantes 25 años:



Pero yo le comento a mi amigo que no pueden faltar fotos del "Ruso" Diego Pérez, de descollante actuación en el último partido:


Ambos dignos representantes de la belleza del hombre uruguayo.

Gracias, de nuevo, a todos nuestros jugadores por lo que han logrado.
Creo que el objetivo está más que cumplido al haber superado los octavos de final.
Lo que pudiera venir ahora, bienvenido si es un triunfo, pero nadie se sentirá defraudado si no logran seguir adelante.
¡Suerte, muchachos!
Y suerte también a las demás selecciones latinoamericanas, porque en esto, como en todo, tenemos que estar más unidos que nunca, para ir construyendo el sueño de la Patria Grande.

viernes, 25 de junio de 2010

La Celeste del Alma



Publico algunas fotos de los jugadores de nuestra Selección Nacional de Fútbol, que tan buena actuación ha tenido hasta ahora en el Mundial de Sudáfrica.
Uruguay, país pequeño con poco más de tres millones de habitantes, ha sido catorce veces Campeón de 
América, y Campeón Mundial de Fútbol en cuatro oportunidades, ya que la FIFA determinó que los títulos olímpicos anteriores al primer Campeonato Mundial disputado en 1930, valen como títulos mundiales.
Uruguay fue Campeón Mundial, entonces, en:

París, 1924
Amsterdam, 1928
Montevideo, 1930
Brasil, 1950



En la foto, de izquierda a derecha: el vicepresidente Astori, Diego Forlán, el presidente José Mujica, Diego Lugano, y Alcides Ghiggia, que anotó el segundo y definitivo gol en la mítica final contra Brasil en Maracaná, en 1950.

Algunos de nuestros jugadores han sido seleccionados por chicas de todo el mundo entre los más "sexys" del actual Campeonato Mundial.
Aquí algunos de ellos:
Empezamos por el capitán, Diego Lugano.







Seguimos con el goleador, Diego Forlán:



Otro elegido fue Nicolás Lodeiro, que cuando jugaba en Nacional, equipo decano del fútbol uruguayo, festejaba sus goles haciendo una "llamada" con su zapato, al mejor estilo Super Agente 86:



Agrego a uno que me encanta, el buen arquerito Fernando Muslera:




Mucha suerte, muchachos, gracias por la alegría que ya nos dieron, y recuerden lo que dijo nuestro presidente, el Pepe Mujica: "No van a la guerra, van a jugar al fútbol, es sólo un deporte, un juego..."

jueves, 22 de abril de 2010

Fernando Pessoa

La vida es la vacilación entre una exclamación y una interrogación … Existir es renegar. ¿Qué soy yo hoy, viviendo hoy, sino un renegar de lo que fui ayer, del que fui ayer? …. La soledad me desola, la compañía me oprime … Es noble ser tímido, ilustre no saber actuar, grande no tener maña para vivir … Soy un pozo de gestos que ni en mí llegaron a esbozarse todos, de palabras que ni pensé haciendo curvas con mis labios, de sueños que me olvidé de soñar hasta el final …
(del "Libro del Desasosiego")

POEMA EN LÍNEA RECTA


No conocí nunca a nadie a quien le hubiesen roto la cara.
Todos mis conocidos fueron campeones en todo.
Y yo, que fui ordinario, inmundo, vil,
un parásito descarado,
un tipo imperdonablemente sucio
al que tantas veces le faltó paciencia para bañarse;
yo que fui ridículo, absurdo,
que me llevé por delante las alfombras de las formalidades,
que fui grotesco, mezquino, sumiso y arrogante,
que recibí insultos sin abrir la boca
y que fui todavía más ridículo cuando la abrí;
yo que resulté cómico a las mucamas de hotel,
yo que sentí los guiños de los changadores,
yo que estafé, que pedí prestado y no devolví nunca,
yo que aparté el cuerpo cuando hubo que enfrentarse a puñetazos.
Yo que sufrí la angustia de las pequeñas cosas ridículas,
me doy cuenta de que en todo esto
no hay en este mundo otro como yo.

La gente que conozco y con la que hablo
nunca cayó en ridículo, nunca fue insultada,
nunca fue sino príncipe -todos ellos príncipes- en la vida...
¡Ah, quién me diera oír una voz humana
confesando no un pecado, sino una infamia;
contando, no una violencia, sino una cobardía!
Pero no, son todos lo Ideal si los escucho.
¿Es que no hay nadie en este ancho mundo capaz de confesarme
que una vez fue vil?
¡Oh príncipes, mis hermanos!
¡Basta, estoy harto de semidioses!
¿Dónde está la gente de este mundo?
¿Así que en esta tierra sólo yo soy vil y me equivoco?
Admitirán que las mujeres no los amaron,
aceptarán que fueron traicionados -¡pero ridículos nunca!
Y yo que fui ridículo sin haber sido traicionado,
¿cómo puedo dirigirme a mis superiores sin titubear?
Yo que he sido vil, literalmente vil,
vil en el sentido mezquino e infame de la vileza.

(Fernando Pessoa)
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¡Oh cielo azul –el mismo de mi infancia-, eterna verdad vacía y perfecta!
¡Oh suave Tajo ancestral y mudo,
pequeña verdad donde el cielo se refleja!
¡Oh pena que vuelvo a ver, Lisboa de otrora de hoy!
Nada me dais, nada me quitáis, nada sois que yo me sienta.
¡Déjenme en paz! No tardo, que yo nunca tardo...
¡Y mientras tardan el Abismo y el Silencio quiero estar solo...!
(Lisboa revisitada, 1923)
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Este gran poeta portugués nació en Lisboa el 13 de junio de 1888.
Su padre muere en 1893 y entonces su madre se casa con el cónsul portugués en Durban, ciudad de Sudáfrica en la cual Pessoa vive entre 1896 y 1905.
Escribe sus primeras obras, en verso y en prosa, en inglés.
De regreso en Lisboa, intenta llevar adelante un proyecto editorial en el cual fracasa. Trabaja entonces como traductor de cartas en algunas empresas comerciales. Durante muchos años vivirá en la casa de una tía.
Incursiona en el esoterismo y en la teosofía.
En 1918 publica en inglés el extenso poema “Antinous”, en formato “plaquette”, que él mismo calificó de obsceno, pero que refleja tal vez algo de su propia ambigüedad sexual, al parecer sólo platónica.
Publicó en vida un único libro, “Mensagem”, en 1934.
Se destacó como miembro y animador de grupos literarios, antólogo, traductor, director o colaborador de varias revistas.
Escribió no sólo con su propio nombre, sino con el de varios “heterónimos” (y ya desde los seis años), siendo los más conocidos: Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Alvaro de Campos.
Muere el 30 de noviembre de 1935, víctima de una crisis hepática, tal vez causada por su abuso del alcohol.
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Bibliografía:
“Fernando Pessoa” por Santiago Kovadloff, traductor también del poema que publicamos (con alguna modificación), y de donde tomamos la fotografía del encabezado.
“Un baúl lleno de gente” por Antonio Tabucchi.
“Vida y obra de Fernando Pessoa”, por Joao Gaspar Simoes, de donde tomamos la foto de Pessoa a los diez años (1898).

domingo, 4 de abril de 2010

Comentando el libro de Hugh Hagius


“Vivo como en medio de un hermosísimo sueño, entre vastas concepciones del pensamiento y del arte. Mis ojos están fijos en lo eterno bello. La primavera pone en mis venas su savia poderosa y el mundo se me ofrece como una fiesta etérea, inmaculada, espléndida. Hospedo las aspiraciones más serenas y grandiosas: me veo mensajero de Cristo y Apolo, el primero en levantar el velo de muchos misterios que nos asemejan a Dios porque acrecientan nuestra libertad interior.”

(Alberto Nin Frías)

Hace unos días conseguí en una librería montevideana el libro con la vida del gran escritor uruguayo.
Esta maravillosa biografía escrita por Hugh Hagius, nos hace penetrar en el alma de Alberto Nin Frías citando frases y pensamientos como el que transcribimos arriba, tomado de notas manuscritas a las cuales podemos acceder por primera vez.
El libro comienza con la historia de los antepasados de ANF, y nos va guiando después por las distintas etapas de su apasionante vida y por sus libros, algunos de los cuales, más puntualmente los que hablan de homosexualidad, fueron recibidos con la más absoluta indiferencia por los críticos de su época.
Nos lleva también a conocer más íntimamente el entorno y los amigos de Nin Frías, transcribiendo algunas cartas escritas por don Alberto al gran poeta Julio Herrera y Reissig -rescatadas de nuestra Biblioteca Nacional por Carla Giaudrone-, una de ellas como respuesta a una poesía que le dedicara Julio, cuyo facsímil se publica en uno de los apéndices del libro.
Como un obsequio para el lector, la obra contiene emocionantes imágenes tomadas de uno de los clásicos de Nin Frías, “El homosexualismo creador”, libro muy difícil de conseguir hoy, pero del cual Hagius nos regala al final un capítulo entero.
Agrega también interesantísimos datos sobre Badanelli, sobre Lorca, y sobre los últimos tiempos del escritor en Balnearia y en Suardi, y fotos raras, tal vez inéditas.
Hay un dato sorprendente, y es que Nin Frías estuvo casado. Tal vez haya sido acerca de ese matrimonio que solicitó la opinión de María Eugenia Vaz Ferreira, como vimos en un post anterior.
En fin, un libro apasionante el de Hugh Hagius, con quien colaboraron varias personas en ambas márgenes del Río de la Plata, y que deja abierto un extenso campo de investigación para los próximos años.


Reitero, que el libro está a la venta en Amazon:

http://www.amazon.com/Alberto-Frias-Vida-Obras-Spanish/dp/0615331742/ref=sr_1_1?ie=UTF8&s=books&qid=1267497459&sr=1-1

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Imagen superior tomada del libro de Hugh Hagius, publicada originalmente en "Ensayos de Crítica e Historia", 1902

miércoles, 17 de marzo de 2010

La guirnalda de lotos de Antinoo


Se alza del suelo cenagoso,
pero sin mancharse.
Aspira a subir alto,
a la luz del día,
y revela una inmaculada belleza
que dejan impoluta las tinieblas
por las que atraviesa...
La noble flor simboliza
el alma del hombre perfecto.

CHOU TUN-YI (siglo XI)


“Por fin, Antinoo y yo decidimos apostarnos cerca de una charca arenosa cubierta de juncos. Decíase que el león acudía allí a beber a la caída de la noche. Los negros estaban encargados de encaminarlo hacia nosotros con gran algarabía de tambores, címbalos y gritos; el resto de nuestra escolta permanecía a cierta distancia. El aire estaba pesado y tranquilo; no valía la pena preocuparse por la dirección del viento. Apenas había transcurrido la hora décima, pues Antinoo me hizo ver en el estanque los nenúfares rojos que seguían abiertos.
..........................................


Volvimos a Alejandría unos días después. El poeta Pancratés me honró con una fiesta en el Museo, en cuya sala de música había reunido una colección de instrumentos preciosos. Las viejas liras dóricas, más pesadas y menos complicadas que las nuestras, alternaban con las citaras curvas de Persia y Egipto, los caramillos frigios, agudos como voces de eunucos, y delicadas flautas indias cuyo nombre ignoro. Un etíope golpeó largamente sobre calabazas africanas. Una mujer cuya belleza algo fría me hubiera seducido, de no haber decidido simplificar mi vida reduciéndola a lo que para mí era esencial, tañó un arpa triangular de triste sonido.

Mesomedes de Creta, mi músico favorito, acompañó en el órgano hidráulico la recitación de su poema La Esfinge, obra inquietante, sinuosa, huyente como la arena al viento. La sala de conciertos se abría a un patio interior; los nenúfares flotaban en el agua de su estanque, bajo el resplandor casi furioso de un atardecer a fines de agosto. Durante un intervalo, Pancratés nos hizo admirar de cerca aquellas flores de una variedad muy rara, rojas como sangre y que sólo florecen a fines del estío.

Inmediatamente reconocimos nuestros nenúfares escarlatas del oasis de Amón.
Pancratés se inflamó con la idea de la fiera herida expirando entre las flores. Me propuso versificar el episodio de caza; la sangre del león pasaría por haber teñido a los lirios acuáticos. La fórmula no era nueva, pero le encargué el poema. Pancratés, perfecto poeta cortesano, compuso de inmediato algunos agradables versos en honor de Antinoo: la rosa, el jacinto, la celidonia, eran sacrificadas a aquellas corolas de púrpura que llevarían desde entonces el nombre del preferido. Se ordenó a un esclavo que entrara en el estanque para recoger un ramo. Habituado a los homenajes, Antinoo aceptó gravemente las flores cerosas de tallos serpentinos y
blandos, que se cerraron como párpados cuando cayó la noche.”



Hasta aquí, lo que nos cuenta Marguerite Yourcenar en las “Memorias de Adriano” acerca del origen de la corona de lotos rojos que se identifica con Antinoo y que seguramente jugó un importante papel en el culto antinoico, una vez divinizado el efebo bitinio.
Veamos la información que agrega Francisco de la Maza:

Hay noticias de tres poetas griegos que cantaron al joven bitinio en vida: Numenios de Heraclea, Mesomedes de Creta y Pancratés de Alejandría. Del primero sólo queda una mención en Suidas de que compuso himnos al César y al efebo. Del segundo es también Suidas –tardío pero eficiente recopilador- quien conservó la noticia. Dice:

‘Mesomedes, cretense, poeta lírico de los tiempos de Adriano; fue liberto y su amigo; escribió un elogio de Antinoo, favorito de Adriano, y otros cantos; Antonino le rebajó el salario que le había asignado Adriano...’ Nada queda del poema laudatorio y adulatorio del poeta cretense.


Del tercero sí sabemos algo más. Nos habla varias veces de él Ateneo, el insuperable compilador de historias y noticias del mundo antiguo. En su enciclopédica obra Los Deipnosofistas o Banquete de los Sabios, nos dice que Pancratés compuso un extenso poema llamado Bocoreidos –por el nombre del rey mauritano Bocores- en el cual elogiaba una corona o guirnalda hecha de lotos rojos que llamó "ANTINOEA". Parece que esto se debió a que cuando Adriano recibió la sangre de un león que había matado en Libia, para hacer un sacrificio, florecían esos lotos rojos y, como Antinoo participó en la cacería, Pancratés por recuerdo llamó antinoea a la corona formada por ellos. Pero, ¿por qué a la corona y no a la propia flor? Eso ya no lo dijo Ateneo, pero es evidente que porque al adolescente le gustaba coronarse con ella.

En Egipto había dos especies autóctonas de lotos o lirios de agua, el blanco (Nymphaea Lotus) y el azul (Nymphaea cerulea). La primera es reconocible por sus capullos y pétalos redondeados, mientras que la segunda tiene los capullos más puntiagudos y los pétalos estrechos.



El loto de corola blanca era el más común, el que más antiguamente aparece representado en los monumentos. Indígena del valle del Nilo, se desarrollaba en el momento en que el río inundaba las campiñas y florecía en la época de la mayor crecida de las aguas, para languidecer y morir cuando ellas se retiraban al lecho normal.
Cerca de él crecía el loto de corola azul, que cubría en el siglo pasado, junto con el loto blanco, todas las aguas estancadas de la cuenca superior del río. Durante el siglo XIX crecía todavía en el bajo valle del Nilo, de donde después desapareció. Ni Herodoto ni Teofrasto han mencionado el loto azul; Ateneo es el primer autor antiguo que lo menciona.


Una tercera especie, no emparentada con las anteriores, el loto rojo o rosa (Nelumbium nucifera o speciosum), fue introducida desde Persia durante el Período Tardío. Las dos primeras fueron representadas en el arte clásico egipcio y la tercera aparece con frecuencia en monumentos helenísticos. De las tres, el loto azul fue la más representada y en ella se basa el jeroglífico correspondiente (sechen). Era el “loto sagrado” de Egipto, que se cierra por la noche y se sumerge bajo el agua para emerger y abrirse de nuevo al amanecer. Símbolo del renacimiento del sol y de la resurrección de las almas, estrechamente relacionado con la imaginería del culto funerario.
Según la antigua escuela de sacerdotes de Hermópolis, del barro primigenio se elevó una colina, de la cual el dios Sol hizo surgir la primera flor de loto.
De su cáliz nació, "como hermoso doncel", el divino creador del mundo.
Era el atributo de Nefertem, el joven dios de Menfis, el "Señor de los buenos olores", y llevaba por nombre "la bella", esto es, nen-nufer, de ahí el nombre francés de la flor que usa Marguerite Yourcenar: nenúfar.
Muchas pinturas en las tumbas egipcias muestran al difunto paseando en su barca de juncos por un estanque lleno de lotos. Y también en la tumba, junto al muerto, se ponían coronas de flores de loto.
Si bien el “loto rojo” de Antinoo no es otro que el “nelumbo” de Oriente, seguramente los antiguos egipcios lo veían como una variedad de su loto sagrado autóctono, así que el simbolismo místico de la flor debía ser el mismo.
Es muy sugestivo que, pocos días después de coronarse con la guirnalda de lotos rojos, Antinoo dejó su vida bajo las aguas del Nilo para renacer como un nuevo dios.
Todo parece encajar de manera admirable.

Los griegos suponían que el loto procedía de la transformación que experimentó la ninfa Lotis, al verse perseguida por Príapo (como una alegoría de las propiedades anafrodisíacas de la planta). Para ellos era un símbolo de belleza y también de elocuencia, probablemente porque crecía en la pradera del Helicón. Las mujeres griegas tejían guirnaldas con sus flores. En el idilio XVIII de Teócrito, las doncellas tejen una corona de loto para Helena, en ocasión de su boda con Menelao.
En cuanto a Roma, vemos en un templo pompeyano a un dios alado con un loto en la cabeza, lo cual indica claramente la penetración del simbolismo egipcio en el ecléctico panteón romano.
Creuzer, en su "Simbólica", nos dice que el loto era sagrado para los egipcios porque ocultaba el secreto de los dioses, y afirma que la presencia del lirio en manos de ciertas imágenes cristianas sería una sustitución del loto.



Veamos algo más sobre el loto rosado o rojo, que ha sido la flor sagrada por excelencia –y desde tiempos inmemoriales- en todo Oriente.
Planta con grandes hojas circulares, de 30 a 60 cm de diámetro, algo glaucas y largamente erguidas por encima del agua, con flores de color rosado pálido y muy fragantes, de perfume similar al anís, compuestas por veinte o treinta pétalos, de 20 a 30 cm de ancho, y que sobrepasa en dos metros el nivel del agua; sus frutos tienen forma de pomo de regadera o de nido de avispas, y sus granos, comestibles, son del tamaño de una nuez. Tiene una de las semillas más durables del reino vegetal: en 1951 hallaron una de 2000 años de antigüedad en Japón, la cual germinó, floreció y dio a su vez nuevas semillas.
Su nombre genérico “nelumbium” reproduce el nombre cingalés de la planta (nelumbo), con el cual se relacionan nombres vulgares y pintorescos, como “haba de Egipto”, o bien “rosa del Nilo”, o “azucena rosada de Egipto”. En la India lo llaman padma, en Malasia bonga, y en China lien. Crece también en Indonesia, en las Molucas, en Persia, en la desembocadura del Volga y en el Japón.


“Con las raíces en el cieno, el tallo en las aguas, las hojas en la superficie, la flor en el aire y el fuego de su vida vegetal, es el loto la representación del ser humano que posa sus plantas sobre la mísera tierra, y eleva su espíritu al infinito.”
(Mario Roso de Luna)

 Subsiste cierta duda acerca de la época en que el célebre loto rosado fue llevado de la India o de Persia a la patria de los faraones, pero fue tal vez durante la invasión de los aqueménidas (525-332 A.C.). Considerado por los egipcios como emblema de la fertilidad, figura en primer término en las pinturas de la época de Ptolomeo.
Herodoto es el autor más antiguo que menciona al Nelumbium con el nombre de “azucena”: “Nacen aún en el Nilo otras azucenas, pero semejantes a las rosas; sus frutos, que tienen la forma de un nido de avispas, contienen semillas numerosas, del tamaño de un carozo de olivo”.
Teofrasto –que lo llama kyamos- completa la descripción de Herodoto: “El haba de Egipto crece en los pantanos y aguas estacadas; su tallo, del grosor de un dedo, es análogo al de la caña, pero no es nudoso... La flor, dos veces más grande que la de la amapola, es de color rosa pálido; sobresale mucho de la superficie del agua. Las hojas que la rodean, sostenidas por pecíolos del mismo largo que el pedúnculo, son grandes y recuerdan por su forma el sombrero de los habitantes de Tesalia... La raíz es más espesa que la de la caña”.
Estrabón compara una plantación de lotos rosados de los alrededores de Alejandría con una floresta acuática: “Ofrece un aspecto agradable que regocija la vista; se viaja en barcas provistas de camarotes comedor en medio de estos lotos y a la sombra de sus grandes hojas.” Hojas que servían a veces como sombrilla, o se usaban como plato o taza.

Podemos imaginarnos entonces, al emperador Adriano viajando por los canales de Alejandría en compañía de Antinoo, en medio de un verdadero bosque de lotos rosados.

La famosa moneda acuñada en Alejandría en honor del favorito de Adriano, lo muestra con el loto en la frente (Holm afirma que es el ureus osiríaco), si bien en el reverso aparece montando un caballo y con el caduceo de Mercurio en la mano, en una muestra cabal de la mezcla de símbolos egipcios y griegos que manejaban los artistas de aquella ciudad.


Ahora bien: esto pasaba en el siglo segundo.
Ya cuando Ateneo escribe sobre el loto rojo y sobre la corona de Antinoo, cien años más tarde, la “rosa de Egipto” había empezado a escasear en el país del Nilo. Era ya una planta rara.
Y Ateneo sabía de qué hablaba, porque había nacido en Naucratis (delta del Nilo), y vivió mucho tiempo en Alejandría.

Para la época de la expedición napoleónica a Egipto (1798), la planta estaba prácticamente extinta. Y según dicen, ya no se encuentran lotos hoy día en la antigua tierra de los faraones.

En una postal de la colección publicada en 1904 por Liebig –empresa que tenía una de sus principales plantas de producción en Fray Bentos, Uruguay- se muestra cómo los arquitectos egipcios imitaron al loto rosado en los capiteles de las columnas.




El escritor inglés John Addington Symonds, escribió y publicó clandestinamente en las décadas de 1850-1860, varios panfletos de contenido homoerótico que distribuía entre sus amigos, uno de los cuales se llamaba “The lotos garland of Antinous”.

Un dibujo muy sensual de Felix D’Eon muestra a un grupo de efebos celebrando un festival en honor de Antinoo, y adornando su estatua con guirnaldas.




La estatua de Antinoo-Dionisos de la Rotonda del Vaticano, con su corona de hiedra, nos puede dar una idea de cómo se vería el favorito de Adriano con aquella otra corona egipcia. La versión en colores es de Bela Dornon.



Pero todavía no hay una imagen que muestre a Antinoo en toda su deslumbrante belleza y coronado con lotos rojos. El gran artista que represente ésa y otras escenas de la vida del adolescente bitinio, aún está por llegar.

Mientras tanto, disfrutemos de la belleza y serenidad del loto –que sólo prospera en aguas tranquilas-, concentremos nuestros pensamientos en Antinoo, y repitamos aquel viejo conjuro del Tíbet:


“Sea mi alma cual la gota de rocío que,
como gema preciosa,
se posa sobre el labio de la hoja de loto
antes de caer a la apacible oscuridad del lago”


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Bibliografía:
“Memorias de Adriano” de Marguerite Yourcenar
“Antinoo, el último dios del mundo antiguo” por Francisco de la Maza
“Cómo leer el arte egipcio” de Richard Wilkinson
“Historia de las flores” de Guyot y Gibassier
“Enciclopedia Popular Italiana” (Torino, 1862)
“Flor del alma perfecta”, por William Warren, en “Selecciones”, mayo de 1985
“Simbología arcaica”, por Mario Roso de Luna
"Diccionario de símbolos" por Hans Biedermann
"La leyenda de las plantas", por Carlos Mendoza
Imagenes:
1 Selecciones
2 Von Gloeden
3 y 4 Descripción de Egipto, Taschen
5 Antigua foto (1912) del pabellón en medio del "Lago de los Lotos", en el Palacio Imperial de Pekín, donde el emperador Kuang-Si pasaba largas horas entregado a la meditación y al estudio.
6 “La vida privada de los antiguos” (Menard-Sauvageot)
7 Postal de colección Liebig
8 “Festival for Antinous” de Felix D’Eon
9 Dibujo por Bela Dornon
10 Tomada del sitio “Templo de Antinoo”

miércoles, 10 de marzo de 2010

¿Por qué me miras tan serio?




¿Por qué me miras tan serio,
carretero?

Tienes cuatro mulas tordas,
un caballo delantero,
un carro de ruedas verdes,
y la carretera toda
para ti, carretero.


(Rafael Alberti)


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Del libro: “Poesía de ayer y de hoy”, de Susaeta.
Dibujo de María Pascual

lunes, 1 de marzo de 2010

Un paseo por la Royal Academy


La Real Academia de Artes de Londres, creada en diciembre de 1768, era el lugar donde se codeaban los principales artistas británicos de la época con otros venidos a veces de lejanos rincones del mundo.

La imagen de arriba es un fragmento del cuadro de Wheatley que muestra un aspecto de la escuela para jóvenes artistas que funcionaba en la Academia, y en la cual podían dibujar bocetos directamente tomados de esculturas antiguas. En segundo plano, a la izquierda, vemos al bellísimo y melancólico Antinoo de Nápoles.

“Los académicos de la Real Academia” es un admirable cuadro de Johann Zoffany (1733-1810), pintor alemán nacido en Frankfurt, y que alguna vez (en 1756) se retrató a sí mismo en el papel de David, en una pose muy provocadora y femenina (ver imagen más abajo), a pesar de la honda y la piedra que sostienen sus manos.


El óleo del que hablamos ahora, fue pintado en 1771-1772 para el rey Jorge III, y se exhibe actualmente en Windsor.
La escena se desarrolla en la sala de la Academia, en Old Somerset House. Los académicos intercambian ideas de manera distendida, algunos sentados en simples cajas de embalaje. El quinto personaje, comenzando por la izquierda, es el artista chino Tan-Che-Qua, que se encontraba en Londres por aquel tiempo, y casi en el centro del cuadro, vestido de negro y con una trompetilla de sordo en la mano, vemos al presidente del grupo, el gran pintor Sir Joshua Reynolds.

Pero la parte más importante del cuadro, la que reclama más la atención por estar mejor iluminada por la gran lámpara de aceite que cuelga del techo, está a la derecha, donde dos bellísimos modelos exhiben sus cuerpos apolíneos para la admiración de aquellos intelectuales.
El de más arriba, sentado en una plataforma especial, ya se despojó de toda su ropa, y está siendo examinado minuciosamente. Alguien sostiene su brazo en alto, y hay tizas en la plataforma para marcar la pose.
El de más abajo, es un precioso efebo que aún no se ha desnudado del todo. Su pose es la de la famosa escultura “El Espinario”, que tanto escándalo causara en el siglo XIII cuando estaba expuesta sobre una columna, por mostrar descaradamente sus órganos sexuales, con la excusa de quitarse una espina del pie. Fue comparado entonces con Príapo.


"El Espinario" en la versión de Christophe Thomas Degeorge (1786-1854)


El efebo del cuadro nos mira de reojo, como diciendo: “Están deseando verme desnudo, ¿no?”
Los objetos que lo rodean son todo un símbolo de lo que estarían pensando en aquel momento los circunspectos académicos.
El hombre de la derecha, en aristocrática pose, apoya firmemente la punta de su bastón sobre un torso de mujer modelado en yeso, y caído descuidadamente en el piso. El mensaje es claro. ¿Quién piensa en mujeres cuando tiene delante a un efebo quitándose la ropa?


El reloj de arena en primer plano, completa el simbolismo: el tiempo de la vida es limitado, es muy corto, y hay que aprovecharlo y repartirlo con sabiduría.
Todo tiene su tiempo: tiempo para el arte, tiempo para la mujer, tiempo para los efebos, tiempo para los maduros.
¡Carpe Diem!



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El autorretrato de Zoffany está tomado de la Wikipedia.