martes, 7 de agosto de 2012

El arquero de sueños

Ilustración  de Robert Engels para
"Le Roman de Tristan et Iseut"
(París, 1949)
Tensa el arco
y apunta alto, 
mi joven soñador.


Anne Louis Girodet: La educación de Aquiles

Que ahí va mi corazón, 
siempre contigo,
tan lejos como llegue 
la flecha dorada de tus sueños.




Este es mi homenaje a ese gran "arquero de sueños" que es Usaín Bolt, el hombre más veloz del mundo en estos Juegos Olímpicos de Londres 2012.


Un hombre que se atrevió a soñar, y a pagar un alto precio para que esos sueños se volvieran una luminosa realidad.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Roger Peyrefitte en 1958: saludo a América Latina



En mayo de 1958, el Suplemento Cultural de El Día (de Montevideo) publicó esta entrevista de Abelardo Arias con Roger Peyrefitte en París.
Abelardo Arias, en colaboración con Renato Pellegrini, fue quien tradujo a nuestro idioma "Las amistades particulares".
Esta entrevista es especialmente interesante para nuestra América Latina, ya que el escritor francés envía un mensaje a nuestros jóvenes escritores de entonces, los que habrían de protagonizar pocos años después el "boom" de nuestra literatura a nivel mundial en la década del 60.
Me gustaría saber si las fotos de "esa joven amiga y admiradora que lo ha acompañado en su ultima peregrinación a Grecia" -como dice Arias- eran realmente de alguien del sexo femenino, o el periodista no tuvo más remedio que cambiarle el sexo para que la nota fuera publicable en aquel entonces.


"Pastores Virgilianos", ilustración anónima (ca 1820)
que inspiró el anterior dibujo de Goor


Las ilustraciones que elegí para este post -salvo cuando se indica lo contrario- están tomadas de la web y son de Gastón Goor, de quien también se habla en la nota como acompañante de Peyrefitte en aquellos años.
He aquí el texto:


Caminamos rumbo a su casa de la Avenida Hoche, muy cercana a la Estrella y su Arco de Triunfo. Con su conversación llena de imágenes, el pintor Goor  -que ha ilustrado una muy bella edición de "Las Amistades Particulares", la obra que sigue siendo la cumbre de Roger Peyrefitte y la que justifica su fama de gran escritor- da la impresión de ser el más tranquilo de los tres. El más combatido y elogiado de los escritores de nuestro tiempo está nervioso. Era por una simple y baladí historia de un remedio que no llegaba o que debía cambiar en la farmacia de la esquina. Nada de importancia; pero Roger Peyrefitte estaba nervioso. Esta era la estela que dejaba tras su alegre y socarrona risa; tras un muy simple y simpático almuerzo en un restaurante del barrio.


He visto a Roger Peyrefitte en 1952, en 1955 y ahora. Vale decir que he podido seguir en su persona física la evolución de la fama. Es como si hubiera asistido a tres episodios del film de su vida. Lo he visto encanecer sin envejecer: su espíritu sigue lozano. Al revés de la mayoría de los escritores, su cordialidad aumenta con la nombradía. En este tremendo mundo literario de París, donde todos luchan por lograr un puesto, y donde se llega a muchas bajezas para lograr la gloria, todos, sin excepción alguna, aún los más rencorosos habladores, todos me han elogiado la generosidad espiritual y material de Roger Peyrefitte. "Es un buen amigo, leal a sus amigos de siempre", oigo decir; y por mi parte me consta que ayuda silenciosamente a artistas que lo necesitan. Los millones que continuamente le traen sus "libros de escándalo" no sólo se transforman en obras de arte, sino en ayuda a quienes las crean.




Cuando Goor se va, una vez que ya en casa de Peyrefitte hemos recorrido las habitaciones principales y admirado las piezas que han enriquecido su famosa colección, el autor de "La muerte de una madre" vuelve a sentarse en la silla del escritorio, como dispuesto a sufrir el interrogatorio. Hasta entonces hemos conversado libremente, con la seguridad de que todo habría de comenzar cuando le tendiera el micrófono de mi grabador portátil; somos una especie de actores que esperamos se alce el telón.




Echo una última mirada a ese bello mueble del Renacimiento, de lapislázuli y marfil, que acaba de comprar en su bienamada Italia, que por boca del Vaticano ha comenzado a atacarlo duramente y, sin duda por la lógica asociación de ideas, le digo:
-Me gustaría comenzar por la pregunta más quemante: se dice que usted es un escritor que ama el escándalo, ¿es cierto?
Sin la menor duda, responde:
-Es una forma, como cualquier otra, de decir que amo a la verdad; porque la verdad siempre produce escándalo, pues los hombres no están acostumbrados a escucharla; pero lo que me place en el escándalo que practico es darle como límite los del arte, lo cual impide a mis obras llegar a ser escandalosas en el mal sentido del vocablo, pero les permite serlo en el sentido estético del término. Por consecuencia, me parece que el escándalo está en la raíz de toda obra realmente nueva, porque la novedad siempre produce escándalo; también, en toda obra que pretende ser bella, pues la belleza produce escándalo; y de toda obra que pretende reformar la sociedad. Y bien sabemos nosotros que contra tales obras siempre se coligan el conformismo, los prejuicios y la hipocresía; por consecuencia, una obra que causa escándalo lo causa a los hipócritas.




De pronto, recuerdo que durante el almuerzo. me ha dicho algo que, al respecto, le comentara un profesor italiano, y le ruego me lo repita.
-Seguro –me contesta-, y hasta recuerdo su nombre: es el profesor Toffani, de la Universidad de Nápoles, y que tuve el placer de conocer recientemente en esa ciudad encantadora.
Cuando Peyrefitte pronuncia la palabra charmant, relacionada con Italia, tengo la impresión de que la usa con singular deleite; es como si allí hubiera encontrado la máxima expresión de ella.




-Me dijo -continúa sonriente-: Nada me divierte tanto como escuchar constantemente gritar "escándalo" en cuanto se refiere a usted; porque la gente sólo advierte la apariencia y jamás el fondo; gritan: "Escándalo!", y no se dan cuenta que ese escándalo que les golpea, es un golpe de cuño clásico, y que la palabra que les escandaliza les enseña algo y, pueda ser, muy en particular, a reformarse.


-Ya que estamos en esto -le digo-, ¿qué piensa de la maledicencia?
Me sonríe con algo de reprensión, como podría hacer algún profesor de sus novelas a un alumno que tendiera su plato para repetirse una golosina; pero ello no obsta para que conteste:
-La maledicencia es una conversación de salón, una habladuría; el escándalo, en cambio -para volver a esa palabra temible- pertenece a un rango más alto; es por esto que, habiéndome limitado a mí mismo por medio de las reglas del arte, evito la maledicencia pero no el escándalo.


Comprendo que ya me ha dicho cuanto deseaba sobre el tema, y esto nos produce, a ambos, una sensación de evidente alivio; el campo ya está despejado para alguna pregunta menos molesta. 
A la de cómo ve el panorama literario de Europa, responde:
-No pretendo otorgar laureles superfluos a mi país, ya que la gloria literaria de Francia podría pasarse sin nuevas glorias, pero, en verdad, creo que las letras francesas son la avanzada de la Europa literaria. No es, por cierto, un vano signo el que el último Premio Nobel de Literatura haya sido otorgado a uno de nuestros escritores, como sucedió con otros después de la última guerra. Y no es uno de nuestros menores consuelos, entre tantas desgracias, ver que en Francia, las artes y las letras siguen en el cenit. Esto no quiere decir que, lejos de todo chauvinismo —y todos saben que soy lo contrario—, no vea en esta constelación a las letras inglesas; a las alemanas, que conservan nombres conocidos de la anteguerra; las italianas, que tanto conozco y donde la pléyade de escritores es muy importante, desde Moravia, que conserva su lugar, hasta nuestro Carlo Coccioli (*), uno de los más jóvenes que ha alcanzado la gran nombradía; las letras rusas, que no conozco mucho ni sé en qué medida forman parte de las europeas; las letras griegas que vemos brillar con Kazantzakis, que ha escrito dos libros notables; las egipcias, donde se encuentran tantos poemas compuestos en medio de las agitaciones políticas; en España, con el nombre de Gironella, que obtuvo el premio Cervantes, y aquí, en Francia, conocemos también a Castillo, cuyo libro más reciente llama la atención; además: Villalonga, Goytisolo...; de Portugal no podría citar nombres actuales, pero sí el de Eça de Queiroz, que fue diplomático, también; y todo esto bastaría para mostrar que la literatura europea permanece viviente.



Terminada esta larga enumeración, creo llegada la oportunidad de preguntarle cuál es el recuerdo más encantador de su último viaje por Italia.
-Contrariamente a todo lo esperado, a lo esperado por mí mismo al menos —me contesta— pasé todo el verano en Capri, y digo esto porque creía conocer bastante la isla, hasta le había dedicado un capítulo en mi libro "Del Vesubio al Etna", y pensaba haber terminado con ella. Creía también que pese a su belleza perfecta, ya no se podía vivir en ella por causa de su éxito. Le pasaba como a muchos autores a los cuales no se los lee porque tienen demasiado éxito; y bien, como sucede a muchos de éstos, la isla merecía su éxito. Pensé, que sobre ella no se había escrito ningún libro valedero; y, precisamente, mi pretensión será la de llenar esa laguna. Y para responder a su pregunta, estimado Arias, le diré que mi recuerdo más encantador está ligado, necesariamente, sino a la isla, por lo menos a la región.


No comenzaré con una descripción que pronto haré literariamente. Ese recuerdo está ligado, sin embargo, a una puesta de sol en la península de Sorrento, frente a Capri. Estando en la villa de un amigo, en la punta llamada Belvedere, habíamos ido hasta un lugar que tiene el magnífico nombre griego de Hyerantos; es una bahía desconocida casi, secreta, a la cual se llega luego de larga caminata, y digo larga, porque nuestra época ha olvidado caminar. ¡Y sólo Dios sabe cuántos aparatos se han inventado para andar menos, y cada vez más alto! Y aquí hago un paréntesis para decir que uno de los grandes encantos de Capri, es que Ia mayoría de la isla sólo puede visitarse a pie. Pero volviendo a nuestra península, la larga marcha hasta Hyerantos, me recordaba las que es necesario hacer en Grecia para visitar todos los lugares que merecen la pena. Y fue allí donde experimenté una emoción verdaderamente griega, ante ese pedregal, ante ese mar en cuyo horizonte aparecía Capri. En esa hora del crepúsculo, el amigo que nos había conducido, leyó algunos de sus bellos versos. Fue un momento verdaderamente raro, uno de esos en que se olvida la política, los peligros, los satélites, los amigos y enemigos; estábamos como en una especie de corte platónica, de corte de amor, parnasiana, pensando en la belleza de las cosas eternas; todas esas cosas que parecen alejársenos cada vez más, y a las cuales, no obstante, aún resulta posible evocarlas en ciertos lugares.




A través de sus palabras voy reviviendo ese paisaje de la costa amalfitana, que me parece una de las más hermosas del mundo. Sin desearlo, mis ojos han quedado fijos en una fotografía, en la cual y sobre un fondo de paisaje del Mediterráneo aparecen Peyrefitte y esa joven amiga y admiradora que lo ha acompañado en su ultima peregrinación a Grecia. Todos saben que esta viva admiración comenzó por correspondencia; esto me incita a preguntarle sobre la importancia que la correspondencia de sus lectores ha tenido en su vida de artista.
Casi con placer me contesta:
-Es verdad; he recibido numerosísimas cartas, y debo confesar que han sido para mí una inmensa fuente de coraje, de ánimo. Nadie ignora que una carrera literaria, antes de estabilizarse, está llena de altibajos. Después de la iniciación, que no puedo menos que considerar brillante, con "Las amistades particulares", mis dos o tres libros siguientes recibieron rayos y centellas de todos los críticos que sólo me creían capaz de escribir ese libro; así pasa siempre cuando la gente opina que uno ha comenzado demasiado bien. En esa época, amén de la fe que pudiera tener en mí mismo, y el apoyo de mis amigos, lo que me sostenía eran los lectores. Nadie puede imaginar la importancia que, en determinados momentos, puede tener la carta de un lector. Para mí han sido fundamentales, en particular en "Jeunes proies" mi anteúltima obra, en cuya primera parte me he servido de la carta de un lector, y en la segunda de una lectora. Nada en ella es fruto de la imaginación. Y cuando uso la primera persona en mis libros se me puede creer bajo palabra.
Mientras le escucho decir esto, mi vista ha pasado desde la foto de la consola hasta las de ese portarretrato que en el escritorio ha reunido las de esas dos personas, como lo sé desde mi viaje anterior.
A un hombre que en esta época de las confesiones, como podríamos llamar a la época literaria de hoy, tiene el coraje de usar la primera persona, huelga esta especie de preguntas.


Distintas ediciones en español de "Las amistades particulares". De izq. a der.:
Tirso (1956, dibujo de Andrea del Sarto), Sudamericana (1971)
y Edhasa (1978, diseño de tapa por Nelson Leiva).



Sólo me resta pedirle su experiencia en forma de mensaje para los jóvenes escritores de la América Latina. Helo aquí:
-¡Los jóvenes escritores de la América Latina! Palabras que suenan extrañamente en un oído francés y en un corazón latino. Nada puede haber de más exultante para un hombre de nuestro tiempo, que escribe y que vive su época, que el pensar que allende los mares, como suele decirse, su propia raza está representada por hombres que viven y escriben que son, ellos también, los testigos de su tiempo y, a veces, hasta los inspiradores y los correctores o reformadores, como ya dije, en la medida que posean el coraje necesario, porque, retomando la primera pregunta, no origina escándalo, ese escándalo que merece el nombre de tal, quien quiere sino quien puede. Por ello, diría a mis jóvenes colegas de la América Latina, les pediría, en la medida que pudiera hacerlo, que permanezcan orgullosos de ese nombre de latinos; que en este mundo de hoy, por desgracia, cada vez más turbulento, representa una de las palabras que conserva mayor sentido y mayor grandeza.


Cuando, una vez en la calle, avanzo hacia ese Arco del Triunfo, de tan latina esencia, pienso en este extraño escritor cuyas novelas antidiplomáticas, como "Las Embajadas" y "El fin de las embajadas", han causado tanto revuelo. Vuelvo a escuchar las palabras de su mensaje, ante el cual desapareció el más remoto rastro de nerviosidad; ese mensaje tan profundo de intención para nuestra América, y cada vez me afirmo en la idea de que este escritor es como tal y como persona esencialmente diverso de lo que creen sus conocedores superficiales; vale decir: de aquellos a quieres les complace escandalizarse y encuentran en el escándalo un sucedáneo de la maledicencia.


Abelardo ARIAS
París (Especial para EL DIA)
_____________


(*) Recordemos que "Las amistades particulares" empieza con una frase de Coccioli:
"No se describe al hombre sino esbozando su contorno".
Esta frase, al parecer, también dio nombre a la colección en la cual aparece la edición más antigua que conozco en nuestro idioma, la de Editorial Tirso; la colección se llamaba "Los contornos del hombre" (incluía también la obra de Henry de Montherlant "La historia de amor de la rosa de arena").
Una curiosidad de aquella vieja edición es que incluye una disculpa ya desde que arranca el comentario en la solapa: "Ediciones TIRSO ha dudado mucho sobre la conveniencia de publicar este libro..."
Y termina diciendo:
"Sólo nos resta indicar (pues Ediciones TIRSO prefiere rechazar a sorprender a un lector), que no es un libro para todos."

lunes, 23 de julio de 2012

Volando por la Vía Láctea (2): Monteiro Lobato



Para quienes hayan leído el post Volando por la Vía Láctea y quieran saber algo más acerca del gran escritor brasileño Monteiro Lobato, transcribo este artículo aparecido en el Suplemento Cultural de El Día, escrito por Gastón Figueira y publicado el 11 de julio de 1982.
Gastón Figueira fue un conocido crítico literario montevideano, que siempre mostró fascinación por la cultura del gigantesco país norteño.
Veamos su reseña:


El centenario de Monteiro Lobato no puede pasar silenciosamente entre nosotros. Es un autor que logró repercusión en nuestros hogares y en nuestras escuelas, no sólo por el hecho de que la mayoría de sus obras para niños fue editada en Buenos Aires —y muy difundida en nuestras librerías, aunque creemos que en la actualidad esas ediciones en español están agotadas— sino también porque en su escritura fraternizan la enseñanza y el placer de narrar. Y, sobre todo, porque una de las características más destacables de sus libros para niños reside en el magnífico hecho de que sus personajes están libres de horrores y de fealdades. Nada de lobos que comen a Caperucita luego de haberse tragado a su también indefensa abuela. Nada de reinas envidiosas que piden a su criado que traiga el corazón sangrante de una bella princesita de quien es madrastra. Ni de Barba Azul castigando la curiosidad de quien abriera la puerta de la cámara fúnebre. Nada de esos cuentos que se vienen repitiendo y publicando incansablemente, rutinariamente, porque —aunque parezca increíble— no se ha llegado todavía a una depuración que consideramos urgentísima en este y en otros casos.
A pesar de haber traducido los "Contes de ma mere l'oie" que recogió Charles Perrault, Monteiro Lobato no siguió ese camino. También divulgó en su patria al maravilloso Andersen, a los hermanos Grimm, al Quijote, a Peter Pan, a Pinocho. Porque sus numerosos libros para niños forman dos series: aquellos creados por él y los que él seleccionó, adaptó y divulgó. Lógicamente, su obra personal es la que más nos interesa y a ella nos referiremos. Son libros claros y límpidos como la luz de Brasil, como las olas de sus playas atlánticas. He ahí sus personajes: dona Benta, Pedrinho, Tía Nastacia, Emilia. He ahí su libro "O Saci" que, al entrar en la rica mina del folklore autóctono, hace desfilar un mundo de encantamiento agreste, oloroso a selva amazónica.


Es tradicional, en la vida familiar brasileña de hace algunos años —y todavía en el campo y en ciertas poblaciones pequeñas— la "mae-preta", es decir, la "madre negra" o sea la nodriza de ese color que, al cuidar de la crianza de los niños ajenos, les va relatando narraciones fantásticas que conoce desde pequeña. Como esa "mae preta" está bastante alejada ya de los días cosmopolitas y febriles que vivimos, podemos afirmar que los libros de Monteiro Lobato, aquellos que él escribió para los niños, vienen a sustituir, a su manera, a la incansable relatora de lindos cuentos, la que llenó las cabecitas infantiles de mil sabrosas leyendas y arrulló muchas cunas, muchas cunas con los cariciosos retornelos de inolvidables fábulas. Ese mundo que Lobato presentó a los niños se caracteriza por su tónica ampliamente optimista, no faltando sutiles toques de ironía que se abren en una sonrisa bienhechora. Sus libros titulados “Reinações de Narizinho", "Caçadas  de Pedrinho", "Histórias de Tia Nastácia ", "Serões de Dona Benta " son algo ya inseparable de la familia brasileña, como un rayo de sol o como un vaso de agua. Corresponde destacar asimismo el amplio sentido didáctico, en el mejor sentido del epíteto, de libros como "Geografía de dona Benta" que enseñan de la manera más encantadora, con diálogos llenos de gracia, con insinuaciones sutiles, de manera que el niño va asimilando casi insensiblemente todo un aprendizaje que, por lo general, se ha venido dando de una manera demasiado directa en la mayoría de los casos.




Cuando, en 1948 se conoció la saudosa noticia de la muerte de este escritor, todo lo que su patria tiene de más significativo en la intelectualidad expresó su profundo pesar y dijo su palabra de apreciación, casi siempre coincidente en el fervor admirativo. Ciertamente, su personalidad es multifacética y ello motivó que no en todas las circunstancias se hiciera referencia a sus libros para niños, que son numerosos y que en la obra total de este escritor ocupan un sector tan amplio como trascendente. De esas opiniones destaco una en la que Ledo Ivo —uno de los mayores poetas de la penúltima generación literaria brasileña— dice su emoción en esa hora. 
"Ante la noticia de la muerte de Monteiro Lobato, mi infancia renació; haciéndome retornar a los días antiguos, en que las aventuras de sus personajes —que fueron también las aventuras de su espíritu— se incorporaron a mí, nutriéndome y conquistándome. Es en nombre de esa infancia, visitada por su obra que lo tornó amado de niños, que yo lo saludo ahora, a ese gran escritor dotado de tan extraordinaria simpatía humana y de tanta vitalidad de imaginación. Por vez primera en nuestra historia literaria, el público de pantalones cortos se transformó en el crítico vigilante de la obra de un adulto, consagrándola. Y creo que Monteiro Lobato tuvo bien presente ese juicio, que lo consoló de muchas amarguras terrestres".


Por mi parte, recordaré que cuando esos libros no eran conocidos en Montevideo sino por los especialistas —es decir, antes de ser traducidos al español— la circunstancia de mis frecuentes viajes a la inmensa república hermana me había hecho fraternizar con varias de sus páginas. Yo veía libros de Monteiro en la escuela carioca como en la vieja casa colonial de Bahía y Recife, o en la choza de hojas de palma que escucha la gigantesca sinfonía amazónica.
Libros alegres, pulcramente impresos en la editorial de la que él era principal propietario y muy lúcido director literario. Pudo vivir de su pluma, realizando grandes progresos económicos, pues los libros de su autoría se vendían por muchos millares y algunos sobrepasaron el millón de ejemplares —y eso en vida del autor.




Por los años veinte, Lobato era algo conocido entre nosotros, pero no precisamente a través de su personalidad de escritor para los niños. ¡Y eso que en esa época la literatura infantil era —incluso en Brasil— algo escaso, escasísimo! Sin embargo, aclaremos que no era precisamente por esa ausencia de buenos libros para niños, que los de Monteiro Lobato lograban tan amplia difusión, pues ellos serían igualmente apreciables en un país de densa bibliografía en la materia. En la actualidad, puede decirse que no hay un solo escritor brasileño — poeta o narrador— con prestigio en la literatura creativa, que no posea en su bibliografía por lo menos un libro para niños, libro que en ese país—gracias a su densa población, que estimula a las grandes editoriales— se edita bellamente, con ilustraciones a todo color y hasta, a veces, con verdadero lujo.
No quiero olvidarme de la valiosa obra de Monteiro Lobato que no está destinada a los niños: sus cuentos y su novela "O choque das razas ou O Presidente Negro" editada en 1926. Sus cuentos se inician precisamente con su libro primigenio, famosísimo: "Urupês" (nombre de cierto vegetal brasileño, del que existen diversas especies) cuya primera edición apareció en 1918. El hecho de que Ruy Barbosa elogiara públicamente al "Jeca Tatu" de ese libro (el Jeca Tatu es un personaje telúrico muy brasileño creado por M. Lobato) fue decisivo en su prestigio y difusión. Otras obras narrativas de este autor: "Cidades mortas" (1919) y "Mundo da lua" (1923) sin olvidar sus agudos ensayos: "As ideias de Jeca Tatu" y "Crónicas o memorias de Viagem", posterior.


El Doodle por los 129 años de Monteiro Lobato


En su narrativa pueden observarse, sobre todo, dos aprendizajes o hermandades literarias: Rudyard Kipling en lo agreste y Guy de Maupassant en la técnica y en el gusto del desenlace imprevisto (recordemos el cuento del préstamo del collar, del francés).
Intelectual de vasta cultura, de fecunda curiosidad y de una admirable capacidad de trabajo, Lobato publicó decenas y decenas de sus traducciones de las principales obras de muy famosos escritores de Europa, Asia y Estados Unidos: Einstein, Ernest Hemingway, Will Durant, Maeterlinck, Thornton Wilder, Jack London, Lin Yutang, H. G. Wells, Eleanor Porter, Herman Melville, André Maurois, Bertrand Russell, Nietzsche, Hans Staden, Mark Twain, Kipling, Jean Webster, etc. contribuyendo así a la obra de difusión cultural popular.
Monteiro Lobato niño
Nacido en Taubaté (estado de San Paulo) el 18 de abril de 1882, José Bento Monteiro Lobato falleció en la ciudad de San Paulo el 4 de julio de 1948.
Fue sin duda por su copiosa literatura infantil que en su entierro se vieron lágrimas de niños. Luego, en Río de Janeiro y en San Pablo se organizó una colecta para levantar un monumento a este gran escritor.

sábado, 14 de julio de 2012

La inolvidable "Julia" de Marcelo Galli

Marcelo y Victoria en su programa matutino de TV

Después de buscarlo durante mucho tiempo en la red, finalmente ahora lo intenté de nuevo y lo encontré.
Se trata del spot publicitario (en Uruguay le llamamos "reclame") que llevó a la fama a Marcelo Galli, que hoy es un actor y conductor televisivo muy popular.
Este comercial realizado por la agencia Viceversa Euro/RSCG para la Rifa de Arquitectura en el año 1997, fue elegido como el mejor de la década de 1996-2005 en la edición 2006 de la Campana de Oro, el máximo certamen publicitario local.
El premio es otorgado por la Cámara de Anunciantes del Uruguay.


Ahora, gracias a que el diario El Observador subió el video a Youtube, podemos disfrutarlo de nuevo.
Excelente idea compartirlo en internet, era un comercial que se extrañaba.


Otros detalles acerca del comercial, los aporta el mismo Marcelo Galli en un reportaje de Pablo Pera Pirotto para el diario El País, en noviembre de 2006:


En la última edición de las campanas de oro, se otorgó el premio especial a la mejor publicidad de la década. La distinción fue para el recordado aviso de Arquitectura Rifa, en donde aparecía un travesti llamado Julia. Aquel personaje estaba encarnado por Marcelo Galli, y desde entonces ha tenido una reconocida carrera actoral. Pero, además de su actividad artística, Galli también se desempeñó muchos años como educador en el Iname y ahora trabaja en el Palacio Legislativo.



-¿Cómo llegaste a protagonizar la publicidad de la rifa de arquitectura del año 1997?
-Me presenté al casting, y lo único que sabía era que había que llevar algo para producirse de mujer. Fui con cuatro o cinco pelucas y recién cuando llegué me dieron el texto. Fui sin saber de qué se trataba.


-¿Te eligieron enseguida?
-Cuando salí vi que estaban esperando actrices, actores, travestis de verdad. La verdad es que pensé que no tenía demasiadas posibilidades. Por suerte, al otro día me llamaron para darme la noticia.


- ¿Qué estabas haciendo en aquel año a nivel actoral?
-Estaba actuando en varias obras: "Cándido, servidor de dos patrones", "Alcanzame la polvera" con Petru Valenski, haciendo café concert y en Milenio hacía el concurso de imitadores de cantantes, además de una obra para niños.


-Sin dudas, ya eras un actor con mucho trabajo, pero ¿el aviso te dio más popularidad?
-Si claro, fue un gran cambio en mi vida. Tuvo una respuesta instantánea; ese comercial me hizo muy conocido. Me tomaba un taxi y cuando le hablaba, el conductor se daba vuelta y me decía: "¡Julia!" La gente me reconocía por la voz o por la sonrisa porque vestido de mujer y con peluca cambia mucho la cara. Es increíble como la gente te agradece cuando le das un poco de humor.


-¿Seguís haciendo ese personaje en tus actuaciones?
-Si, pero siempre antes de presentarlo en algún lado lo llamo a Invernizzi, de la agencia Viceversa, como una cuestión de respeto y de ética, porque ese personaje no es sólo mío. Creo que la idea de aquel comercial fue espectacular y la síntesis que se logró con el texto fue perfecta; no tenía ni una palabra de más.


-¿Cómo te enteraste que habías ganado el premio del comercial de la década?
-Me enteré por el diario El País. Cuando llegué a mi trabajo en el Palacio Legislativo todos me felicitaban y después cuando leí la noticia. Yo creía que "Julia" no ganaba porque competía con avisos que son históricos, con una gran producción.


Marcelo cuenta también esta anécdota:
El mismo año en que se hizo el comercial de la rifa de arquitectura, la agencia Viceversa cumplía quince años. La original idea del equipo de creativos fue festejar el aniversario como si se tratara de la fiesta de una quinceañera.

Y la chica elegida para encarnarla no podía ser otra que "Julia", el personaje de Galli.
"Bajé las escaleras, hubo cortejo, globos, vals, torta y una banda en vivo", recuerda el actor. "Pero lo más gracioso de todo fue que en medio de ese festejo, yo tenía que ir a recibir un premio que me entregaban por mi aporte a la cultura en otro lugar. La agencia me puso un remise y fui a recogerlo vestido de blanco y con peluca. Nadie entendía nada".

Pueden leer el reportaje completo en la página de El País:
http://www.elpais.com.uy/06/11/17/pciuda_248054.asp

Otro reportaje en:
http://www.lr21.com.uy/comunidad/344027-en-mi-programa-trato-de-ser-sincero-y-directo

Más datos acerca de la carrera de Marcelo en la página de la Compañía Italia Fausta:
http://www.italiafausta.com.uy/fausta_curriculum_galli.htm

miércoles, 6 de junio de 2012

Adriano y Antinoo por Luis Antonio de Villena


Luis Antonio de Villena, gran escritor español al que ya hemos mencionado en este blog (y una fuente de inspiración a la que siempre volveremos), escribió una interesante semblanza del Emperador Adriano para la revista "La Aventura de la Historia".
Apareció publicada en la sección "Mi Héroe", página 130 del número 49, en noviembre de 2002: 


PUBLIO ELIO ADRIANO
A este emperador romano nacido en Itálica (Hispania) en el año 76, lo ha hecho modernamente célebre la novela de Marguerite Yourcenar Memorias de Adriano (1951), donde la autora franco-belga, con respeto a la Historia, da voz a un hombre, sin duda excepcional dentro de las condiciones del Mundo Antiguo, quiero decir aquí sobre todo, dentro de un mundo que aceptaba como normal la institución de la esclavitud...

Adriano -lejanamente emparentado con Trajano, su antecesor en el poder y final padre adoptivo- fue un intelectual enamorado de la belleza, que procuró conservar y acrecentar un patrimonio artístico y una cultura (la grecoalejandrina) en cuyos valores creía absolutamente. Fue designado emperador de Roma el año 117 y durante su reinado sólo hubo una guerra importante, que fue una revuelta en Judea (uno de los más inestables y problemáticos territorios del Imperio) entre 132 y 135.

Adriano joven, Museo del Prado, Madrid


Adriano (en latín Publius Aelius Hadrianus) viajó a lo largo de sus dominios y procuró ser justo, benevolente, sabio y feliz, hedonistamente feliz... Una de las monedas que se acuñaron con su efigie, lleva esta inscripción: Humanitas, felicitas, libertas. Siendo muy joven, leí esas palabras -y el sentido que el César quería darles- y quedé deslumbrado. Y creo que sigo deslumbrado, porque pocos gobernantes (aún hoy) son capaces de asumirlas o declararlas: Humanismo, felicidad, libertad...

Moneda de Adriano con la inscripción "Libertas"


Adriano (que amaba mucho a Grecia y singularmente a Atenas, fuente de la cultura en que bebía) residió un par de años en esta ciudad, promoviendo las obras públicas, entre ellas, la finalización del Gran Templo de Zeus Olímpico, que había iniciado Pisístrato, más o menos 700 años antes. Construyó su célebre villa en Tíbur (Tívoli) cerca de Roma, y entre tantísimas obras, su propio mausoleo, base hoy del Castel Sant'Angelo.


Se enamoró de un muchacho bitinio, Antínoo, que murió ahogado en el Nilo cuando tenía unos 20 años. Adriano llenó el Imperio de magníficas estatuas de ese amado -de hermosura rotunda- que encarnaba lo Bello Ideal. Una forma humana de la perfección del mundo.


Se dice que escribió -Adriano- unas memorias, que se han perdido, así como sus cartas. Pero de este hombre que aspiró a la belleza, a la armonía, a la libertad, a la paz y a la natural pluralidad moral, se conserva un poemita -que según una tradición, probablemente apócrifa- recitó en su lecho de muerte:
Animula, vagula, blandula... (Almita, errante, dulce...).


Han pasado cientos y cientos de años (Adriano murió en 138) y el César hispano sigue siendo, creo, un alto ejemplo de humanismo abierto. De buen ser hombre. Nada menos.
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Luis Antonio de Villena es autor también de un precioso poema que viene a ser como un reproche para los dos escritores (Peyrefitte y Montherlant) de los que hablamos en el post anterior.
Contra los "cazadores" de jovencitos en las calles -esos "Antinoos" heridos-, van dirigidos sus versos:



ANTÍNOO HERIDO

También es posible que esos ardidos buscadores
de belleza, acechadores del minuto hermoso de la juventud,
también es posible que ellos no sepan amar, sin más.
La infancia, siempre. Un oscuro, herido daño primordial,

cierto, pero (incapaces de darse, egoístas, medrosos,
íntimamente cubiertos de sangre) no saben amar...
Buscan entonces con sed la gloria adolescente del
leopardo, el muchacho de Maratón, el dorio atleta suave

como los rubios aqueos, u oscuro como los coptos
que servían vino y miel... Noche tras noche, la búsqueda
no cesa y el Todo se desmiga en multitud...

¡Con lo hermoso que es compartir la vida en amor,
ver dormir, cansado del amor, a tu buen amigo feliz!.
¡Desdichados estetas, agonizantes mendigos de una luz!

(Antonio Luis de Villena, en su libro “Alejandrías: antología”, Editorial Renacimiento, 2004)

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El artículo de Adriano lo pueden leer también (levemente modificado, sobre todo por la duda en el lugar de nacimiento) en la página de Antonio Luis de Villena.

jueves, 31 de mayo de 2012

Roger Peyrefitte y Henry de Montherlant


“Los pecados bellos, como todas las cosas bellas, son el privilegio de los ricos”
Oscar Wilde






ROGER PEYREFITTE, novelista y cronista de las costumbres contemporáneas, nació en 1907 en Castres, en el departamento francés del Tarn. Se educó en el sur de Francia, casi siempre en colegios católicos, y se graduó en la Escuela Libre de Ciencias Políticas de París. En 1931 inició la carrera diplomática, que le llevó a Grecia entre los años 1933 y 1938. Allí protagonizó varios incidentes de índole homosexual, por lo que fue llamado a París, donde su estilo de vida libre le llevó finalmente a verse obligado a escoger entre renunciar a su carrera o ser expulsado del Gobierno de Vichy.
Para explicar su evolución como homosexual, se dedicó a escribir. Su primera novela, Las amistades particulares (1944), ganadora del Prix Renaudot en 1950, fue un éxito de ventas y de crítica, igual que la película que, basada en ella, Jean Delannoy hizo en 1964. El libro llamó la atención del poeta y dramaturgo Jean Cocteau (1889-1963), y entre ambos surgió una íntima amistad. Por otra parte, Peyrefitte ya era amigo desde hacía bastante tiempo del novelista y dramaturgo Henry de Montherlant (1896-1972). Pero estos escritores mantenían su homosexualidad más o menos oculta al mundo, mientras que Peyrefitte se convirtió en líder del movimiento gay de París. Junto con André Baudry, fundó una de las primeras organizaciones gays, Arcadie.



Ilustracion de Gaston Goor para
"Las amistades particulares"

Entre sus siguientes obras, destacamos la biografía novelada de un poeta francés de segunda fila, Jacques d'Adelsward-Fersen (1879-1923): “El exiliado de Capri” (1959), que es virtualmente un «Quién es quién» del mundo gay europeo de principios del siglo XX.




En 1976, Peyrefitte escandalizó al mundo cristiano al afirmar que el papa Pablo VI había sido un activo homosexual en su etapa como arzobispo de Milán. Este dato ya me lo había pasado hace años un amigo gay que militaba en la Orden Tercera de los Franciscanos.



Aquel Papa, Giovanni Battista Montini (1897-1978), que de pequeño era titiritero, fue el primero en visitar nuestra Latinoamérica.
Quienes hayan visto imágenes suyas en algún video, habrán comprobado que, tanto en su aspecto como en sus movimientos, era muy “gay”.


Peyrefitte nos cuenta acerca de esto:
Cuando, en febrero de 1976, el papa Pablo VI proclamó la censura de la homosexualidad, la masturbación y las relaciones prematrimoniales, la revista Lui vino a preguntarme mi opinión. Yo estaba realmente indignado, porque sabía que el Papa, cuando era arzobispo de Milán (no, por supuesto, durante su papado, porque ya es un hombre muy anciano casi sin vida privada), había mantenido una relación con un joven actor cuyo nombre conozco. Y no es que lo supiese por los comunistas o por los porteros; a pesar de la osadía que representaba mi homosexualidad en sociedades como la italiana o la francesa, yo conocía a personas que ocupaban muy altos cargos del Estado. Por ejemplo, cuando estuve hace muchos años en Milán, conocí a varios representantes de la llamada «aristocracia negra», en alusión al color de las sotanas. Ellos me contaron la historia porque sabían que yo no iba a sacar partido de ella. Conocí también a un hombre que solía ir a un burdel para encontrarse allí con chicos. (Todos los italianos son bisexuales. Tienen esposa e hijos, pero...) Y el arzobispo -y luego Papa- Montini iba también allí. Volví a preguntar cuando estuve en Roma poco después y otras personas me dijeron: «Sí; en ciertos círculos es un secreto político. El muchacho es muy conocido y es un protegido del Papa».




Así que me indigné y divulgué esta información sin mencionar el apellido del chico. [En Propos secrets, Peyrefitte dice que su nombre era Pablo y que, por eso, el Papa tomó ese mismo nombre al ascender al pontificado.] El semanario italiano Tempo publicó un artículo sobre el tema, junto a una caricatura del Papa, y cayó como una bomba nuclear en Roma. Fue fantástico. El vicario de Roma pedía oraciones en toda Italia en desagravio por esta injuria al Santo Padre. Y, un Domingo de Ramos, se vio al Papa en su balcón del Vaticano leyendo su Delle cose orribili e caelumniose... en alusión a mi afirmación. En realidad, cayó como una bomba en todas partes. Un amigo que vivía en Colombia me dijo que le dedicaron toda una página en los periódicos locales. En todos los rincones del mundo: «Peyrefitte y el Papa». Yo estaba conmocionado, porque nunca esperé semejante reacción. Pero también estaba muy orgulloso, porque era la más fantástica consagración de un escritor vista en muchos años gracias a unas pocas palabras.


Para concluir con la breve biografía de Peyrefitte, agregamos que sus obras posteriores continuaron mezclando ficción e historia, como en La naturaleza del príncipe (1963), ambientada en la Italia renacentista, y una biografía de Fernand Legros, La vida increíble de Legros (1976).


También escribió sus sorprendentemente ingenuas memorias: Nuestro amor (1967), Propos secrets (1977) y L'enfant de coeur (1978). Entre 1977 y 1981 publicó una trilogía  sobre Alejandro Magno.
Roger Peyrefitte murió en París en 2000 a la edad de 93 años.
Ver también: "El camafeo antinoico de la colección Peyrefitte".
Este escritor fue descaradamente paidófilo (así escribe la palabra Villena, y creo que está bien), inclinación que Peyrefitte podía satisfacer sin sobresaltos, debido a su inmensa fortuna y a sus influencias políticas. Fue también uno de quienes más luchó para bajar la edad de consentimiento sexual en Francia.
Como ya sabemos, y desde que el mundo es mundo, “hay una justicia para los pobres, y otra justicia para los ricos”.

Su libro “Nuestro amor”, está basado en su relación íntima con un niño de 12 años al que conoció durante la filmación de su obra más conocida, “Las amistades particulares”.
Así lo contaba en 1978:

“...Un libro que publiqué hace diez años llamado Notre amour, las confesiones sobre una relación que tuve con un muchacho. Después de publicarse, me llevaron a juicio: el juez de instrucción me preguntó si era verdad. Naturalmente, le dije que era ficción. No podían probar ni lo uno ni lo otro. Pero el padre de una niña que aparecía en la historia conocía todo el asunto e hizo lo posible para causarme problemas. Incluso fue a ver a mi primo, Alain Peyrefitte, que entonces era ministro de Educación Nacional, y le dijo: «Debe ir al ministro de Justicia y exigir sanciones legales. Porque no es una obra de ficción, es una historia real». Mi primo no hizo nada.


Alain-Philippe Malagnac
Le debo toda mi experiencia con la homosexualidad a ese chico, Alain-Philippe Malagnac, a quien conocí cuando él tenía doce años y medio, y que sigue siendo mi amigo veintisiete años después. Como ya he dicho, hasta entonces sólo había sido pederasta. Igual que los antiguos griegos, no podía mantener relaciones con un chico que ya tuviera vello púbico. Cuando le conocí, hacía el papel de enfant de choeur (monaguillo) en la película basada en Las amistades particulares. Su madre le dio a leer el libro a los doce años, y fue como si le alcanzara un rayo; lo mismo me hubiera pasado a mí en su lugar. Para él, yo era un dios. Después, leyó en el periódico que se buscaban chicos para la película y se presentó con la esperanza de verme. Como era muy guapo, le dieron un papel.



Le conocí el primer día que entré en un dormitorio de la abadía de Royaumont, cerca de París, donde tan magníficamente se rodó la película. Sus ojos se encontraron con los míos inmediatamente. Después, tuve con él una relación secreta por mediación de un amigo mío que trabajaba en la película. Le dije al chico: «Hoy arriesgo toda mi vida: si eres capaz de corresponderme, serás mi amigo para siempre». Era fantástico decirle algo así a un niño. Me dije: «Quizá, después de unos años, ya no me guste. Será peludo y todo eso». Pero, a los pocos segundos de pensarlo, adiviné que la posibilidad del amor, incluso del amor pederasta, podía trascender cualquier asunto de pelos y convertirse en un amor homosexual para toda la vida. Mas fue muy, muy, muy arriesgado y, por mi parte, una muestra de mi gran confianza en el futuro.



Lo cuento todo en Notre amour. Es realmente increíble que un libro así no haya sido traducido en dos países tan pederastas como Inglaterra y Estados Unidos. Todos los lectores franceses lo consideran el libro sobre la cuestión. En principio, la historia terminó cuando el chico tenía dieciocho años; estábamos juntos en Italia, en Capri, y tuvimos una... Bueno; me abandonó, y pensé que se había acabado todo. Para consolarme de ese amor perdido, escribí el libro. Y, apenas lo acabé, me encontré con él otra vez y la historia comenzó de nuevo. Él vive todavía, y lo nuestro también. Cuando terminó sus estudios, a los diecinueve años, se convirtió en mi secretario. En más que un secretario. Era mi amigo. Es grotesco aplicar la palabra «secretario» al principal colaborador de mi vida. Trabajamos juntos en tres libros. Y juntos seguimos los viajes de Alejandro Magno. Cuando era niño, le prometí que lo haríamos y, cuando en 1972 decidí finalmente escribir el libro, viajamos en coche y en avión de Atenas a Nueva Delhi. Fueron unos momentos maravillosos."



Henry de Montherlant

El otro escritor a quien nos referimos en esta nota, Henry de Montherlant (1896-1972) era hombre de una elegancia sobria, estoica, el pelo cortado a cepillo, con algo de atleta maduro y el rostro severo y austero como un senador o general romano.
La vida pública de Montherland –escritor de éxito, académico, personaje altivo a contracorriente- estuvo sellada por la dignidad, la respetabilidad y el asentimiento riguroso –exagerado- a los valores más tradicionales.
Verdad es que dejó adivinar (sobre todo después de sus cincuenta años) debilidades clásicas y, siempre, amor a la juventud.
Del libro de Montherlant "Paysage des Olympiques"
Foto de Egermeier
Pero lo que algunos sabían o intuían sólo salió a luz pública con la biografía de Pierre Sipriot, Montherlant sans masque (tomo I, 1982) y la edición de su inicial correspondencia con Roger Peyrefitte (1983). Y ese nombre vuelve a sorprender: Montherlant y Peyrefitte ¿amigos?
Peyrefitte provocador, escandaloso, bestsellerista de la homosexualidad, no demasiado considerado por los grandes adalides de la literatura. Y Montherlant —aparentemente— su opuesto. Pero resulta que ambos se trataron con cordialidad parigual entre 1938 y 1966, y que se conocieron ese primer año, en abril, merodeando ambos por una verbena (kermesse) de la place Clichy. Sus cartas —en los primeros años— llegaron casi a ser diarias (las de Montherlant crípticas, llenas de claves, ahora desveladas por Peyrefitte) y lo que tanto les unía —además de su afición literaria— era la búsqueda de muchachos menores, adolescentes, núbiles, gosses, en los barrios parisinos. 



Cuando se lograba la caza, iban a consumarla a un cine o a un apartamentito que Montherlant tenía al efecto. Naturalmente ellos —como los pederastas que creen en el ideal griego— aunque sabían obrar contra la ley (y tuvieron algún traspiés con la policía) no creían corromper. El adolescente es un ser plenamente abierto al sexo y naturalmente sensible a la seducción del mayor, que es un trasunto —no autoritario— del padre. Sus aventuras (pacíficas, no violentas, pícaras cuando más) dan salida a una pulsión núbil que nunca impedirá al muchacho que seduce o se deja seducir (si no es básicamente homosexual) cumplir un rol viril con sus amigas y ser después un buen padre. 

Peyrefitte titula su prólogo a la correspondencia, L'aprés-midi de deux faunes, ya que sus cacerías moceriles ocurrían siempre por la tarde, después de comer. Y no duda en el apodo faunos: Abrasados de continuo por el apetito de la belleza adolescente, de la que circulan abundantes nombres propios o apodos familiares en las cartas. Claro que ambos también llevaron —de modo diferente— su obsesión a la literatura. ¿No son comparables la primera novela de Roger Peyrefitte, Las amistades particulares (1949) y la última de Montherlant, Los muchachos (1969)?



Cuenta Pierre Sipriot:
En diciembre de 1938, Henry Millon de Montherlant fue visto en la kermesse Berlitz, cuando abordaba a un muchacho de catorce años. Montherlant había ido con él, tras unos instantes de conversación, al cine Radio Cité. En el entreacto los policías le pidieron su documentación. No habían constatado ningún acto impúdico: tan sólo caricias en las rodillas del chaval que no dijo ninguna otra cosa contra Montherlant. Éste declaró que buscaba la compañía de muchachos jóvenes «para mejor ilustrar sus novelas y obras de teatro». En tal chasse de bonheur (caza de la felicidad) como llamaba Montherlant a tales actos, no ocurrió nada más. Esa vez salió sin mal.



Pero como muchos pederastas —que poseen un trasfondo de adolescencia detenida, de evolución sexual no desarrollada— ni Montherlant ni Peyrefitte parecen haber olvidado nunca las tiernas amistades de la adolescencia, en las que un muchacho mayor —como en los viejos internados— protege a otro, más jovencito, pubescente, motivo de su camaradería y de su ternura. Tales amistades amorosas son las que retratan las antedichas novelas de Peyrefitte y de Montherlant. Pero mientras Las amistades particulares es una novela melosa y llena de exageradas ternuras (pese a ser quizás una de las mejores obras de su autor), Los muchachos es todo contención y tensión puras. Montherlant habla en ella de lo que denomina la Ilíada de la protección, la epopeya de esa amistad cuyos límites —para el mundo actual— resultan filosos. 



Esta novela de su vejez, abre el ciclo cronológico de su héroe Alban de Bricoule (al que volveremos a ver en Los bestiarios) enamorado, a principios de la belle-époque, del muchachito Serge Souplier. Lo que no hace sino recrear la historia que le aconteció al propio Montherlant adolescente y que le llevó a ser expulsado a los dieciséis años del colegio Saint-Croix, tema que el austero, el jansenista, el reservado Henry, admirador del rigor romano, ocultó toda su vida. El erómeno ideal —dentro de la Ilíada de la protección— es un colegial tierno y con rastro de rudeza (rodillas rasguñadas, por ejemplo), una mezcla de delicadeza y salvajismo, con el olor peculiar de las aulas, tal como Montherlant describe a Aymery de la Maisonfort:
Con sus cabellos rubios, su tez de «lila y rosas», su cabeza fina en oposición a sus poderosas piernas desnudas, bien formadas, un poco lerdo, hacía recordar a una oca, pero a una oca linda. Tan puro, y bañado en una frescura de violeta: la pureza misma. Acababa de cumplir doce años.



Claro que la historia, la ternura, el peligro, la fratría guerrera entre Alban y Serge (una de las grandes obsesiones, una ímago recurrente en la mente del autor) había dado primero pie a una delicada obra de teatro, La Ville dont le prince est un enfant —La Ciudad en la que reina un niño— que Montherlant publicó en 1951, pero que sólo se representó en 1967. Alban se llama ahí André Serváis, muchacho de dieciséis años, pero Serge sigue siendo Serge Souplier, de catorce, y en medio el Abbé de Pradts, el prefecto, que protege y a la par reprueba a los alumnos enamorados porque, naturalmente, comprende demasiado ese amor y hasta tiene que luchar secretamente en su contra. Obras de acendrada literatura, en todo lejanas a una visión simplista del tema, La ciudad en la que reina un niño y Los muchachos son recreaciones meticulosas, controladas y en cierto modo contradictorias cada cual en sí, de un motivo obsesionante: la perfección de una pureza que nunca se volverá a repetir. 



El amor santo (pero carnal) de los adolescentes que, prendados de la gracia y de la fuerza, vivirán el compañerismo como el amor más idealizado de su vida, amor de caballeros y paladines en búsqueda del Grial de la Belleza que no se auto-complace, de la Pureza pecadora y de la Inocencia fraternal. Por ello (pese a sus búsquedas en lo real) Montherlant prefirió secretear su sexualidad. Sus ideales de adulto —su severidad de republicano, su clasicismo riguroso, su altivez, su sentido personal del honor— todo procedía de su militancia adolescente en la caballería espartana, aprendida y vivida en el colegio. La relación de Alban y Serge es verdad (fue verdad) pero nunca debe perder su condición de sueño, de quimera, de ideal. Un mundo de tensa sobriedad, de amor puro, nunca de lujuria decadente. (Ni qué decir tiene, la mera homosexualidad queda lejos, profana y ausente, de todo esto.)
De "Paysage des Olympiques"
Terminamos la reseña sobre Montherlant con datos de la Wikipedia:
“Habiendo quedado casi ciego a causa de un accidente, se suicidó el jueves 21 de septiembre de 1972.
Sus cenizas fueron dispersadas en Roma, sobre el Foro, entre las piedras del Templo de Portunus (o templo de la fortuna viril) y en el Tíber.”
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Textos extraidos (con alguna modificación) de los libros:
"El libro de las Perversiones" por Luis Antonio de Villena, Editorial Planeta, 1992
"Cónsules de Sodoma" de Ed. Tusquets, 2004. Edición a cargo de Winston Leyland, reportaje a Peyrefitte por D. W. Gunn.
Foto del encabezado por Bruce Weber.
Las imágenes del Papa Paulo VI pertenecen a una historieta de Editorial Novaro de México.
Las fotos de "Paysages des Olympìques" tomadas del excelente blog Bibliotheque Gay.
Tapas de los libros de Peyrefitte, del blog Disjecta Membra.

Las Amistades Particulares: fotos de la película y origen del título AQUÍ